¿Te atreves a soñar?

domingo, 20 de mayo de 2018

Karaoke

Había tres cabinas transparentes. La primera la ocupaba una chica que se ataba los zapatos. Las otras dos, jóvenes atentos a una pantalla. 

Los descubrimos, solo era evidente en diagonal, con un micrófono en la mano y los auriculares dictandole las notas de una canción de pop china. 

Y aunque sus espaldas no dejaban de ser escaparate para los transeúntes, habían logrado desaparecer por unos minutos del laberíntico metro en hora punta.


miércoles, 9 de mayo de 2018

Calcetines rojos

Cuando se llevaba la galleta a la boca, parecía que la galleta se lo fuese a comer. Pero entonces el niño la sacudía para mostrar su inconformidad y dejaba de ser monstruosa.

Hacía dos horas que el viaje se le hacía pesado, de modo que había tomado la resolución de pasearse con sus calcetines rojos por el vagón, mirando fijamente a los pasajeros. 

Ante las carantoñas, sacaba la lengua -por favor, es que no era ningún bebé-, pero si alguien no le sostenía la mirada, entonces entrecerraba los ojos y profería una ristra de insultos en la cara del desdichado. Su preferido era "que te lleven los demonios", porque se lo había escuchado en la calle a un viejo que parecía un pirata. 

—¿Quieres dejar de molestar a la gente?

Su madre le tiró del brazo en tres ocasiones. Ni una más, porque el marido le recomendó la ignorancia.

El niño regresó al asiento.

—¿Queda mucho?

No hubo respuesta. Golpeó la mesilla que mediaba con su padre.

—En serio, papi, ¿queda mucho o no?

El hombre le miró por encima del libro y dijo que no. 

—¿Cuánto falta? Papá, que cuánto falta.

Dos horas.

¿Ves? ¡Todavía! El crío se cruzó de brazos con los mofletes rojos y refunfuñó que, como siempre, volvía a tener razón, que si se hubieran teletransportado, ya estarían en casa de los abuelos.

miércoles, 2 de mayo de 2018

Un instante prolongado


Fue un instante prolongado y un cúmulo de casualidades. Él volvía de la librería, donde le habían dicho que la novela que buscaba, una sobre los diversos caminos del destino, estaba agotada; mientras que ella acababa de tomar un café y enfilaba la calle de vuelta al trabajo.

Podrían haberse cruzado otras personas, pero fueron ellos quienes confluyeron en tiempo y lugar. Levantaron la cabeza casi al unísono, sonrieron tímidamente. No dejaron de mirarse a los ojos —es que rara vez los sueños se repiten— hasta que se dieron la espalda. Luego retomaron la rutina.

lunes, 2 de abril de 2018

Sin apagar la luz


El vacío era abrumador. Entré sobrecogido en la habitación, pero ni siquiera quedaba la lamparita bajo la que leía a los grandes, porque “yo no leo cualquier cosa, a mí no me des un libro de esos que tiene todo el mundo”. Mira que era cabezota. “¿Acaso Jane Eyre no lo fue?”. Sacudía la mano para quitarle importancia. Tenía la costumbre de vivir leyendo: ordenaba el cuarto leyendo, cocinaba leyendo, paseaba leyendo; y eso fue lo que me atrapó.

Poco después de casarnos me di cuenta de que o aprendía su lenguaje, o estábamos condenados a un matrimonio infeliz. Vamos, era de cajón, porque ella solo hablaba de literatura y yo solo lo hacía del tiempo, o de lo caro que se había puesto el café, o de lo lento que crecían los limones… O, yo qué sé, de la pobre señora que había perdido al marido y al hijo. Pero a ella esas cosas no le interesaban para una conversación. No es que lo hubiera dicho, es que exhibía esa media sonrisa complaciente que me hacía sentir vulgar.

“¿Lo tienes todo?”, mi hijo me puso la mano en la espalda. Lo cierto es que ya no tenía nada. En aquel dormitorio no quedaban ecos. Caminé con pequeños pasos hasta la cocina y agarré la chaqueta negra. La gorra a la cabeza, el pañuelo en el bolsillo. “¿Nos dará tiempo a atravesar la frontera?”, preguntó mi otro hijo, el de los hoyuelos de su madre. Nos marchamos sin cerrar las persianas, sin apagar la luz del salón.  Atrás quedaban los libros, todos sus libros; quizá con ellos, que no eran cualquier cosa, tendrían más compasión.


También publicado en el Correo de Andalucía

lunes, 19 de febrero de 2018

Un águila blanca

Una vez fui águila. Sucedió una sola vez, pero ese instante valió para siempre. 

El sol rompía las nubes y el valle parecía un tablero de ajedrez. A más de mil metros de altura, dejó de existir la muerte. 

Trepé las almenas y el viento impactó frío y ensordecedor. Tenía la piel en llamas.

No sé si agité los brazos o me arrastró el vendaval, pero de pronto el castillo quedó lejos. Me bebí el aire, lo tragué tan rápido que olvidé respirar. Pensé que se me dormirían las extremidades si seguía ascendiendo, pero, al volver el rostro, encontré plumas blancas donde estaban mis dedos.

martes, 16 de enero de 2018

De tu mano

La sala estaba atestada, pero no te importó atravesarla hasta donde me encontraba. Reconozco que no te esperaba, que no te habría imaginado en aquel circo.
Hola.
Hola.
Miraste tu mano derecha y, al seguir la mirada, descubrí que tenías enganchada a una niña. No hizo falta que le pusieras palabras; como mejor te comunicabas era con los ojos. 
Es preciosa dije, con la extraña sensación de que nada de aquello estaba sucediendo.
Es preciosa repetiste.

jueves, 11 de enero de 2018

Tenía

Tenía dos ojos y una nariz, una boca redondeada y una melena leónida, como decía su abuela. Tenía más de cien canicas, aunque nadie le había enseñado a usarlas, y un cojín al que se abrazaba todas las noches. Tenía también unos padres cariñosos y cuatro hermanos traviesos. Y pese a todo lo que tenía, sentía que le faltaban muchas cosas, las repasaba de carrerilla: un monopatín, un vestido rojo de fiesta, un maletín lleno de billetes, un castillo y una escalera a la luna.

—Tienes cosas más importantes —le decía su mejor amigo.

Él no tenía hermanos, ni una melena leónida, ni salud. Pero la tenía a ella y sus ojos, su boca, su pelo. Tenía un corazón que se volvía loco cuando sonreía y eso era como tenerlo todo por unos instantes, como tener el mundo entero, la galaxia, la luz.

viernes, 19 de mayo de 2017

Una mota de polvo en el ojo

Ella me acompañaba a la estación y, por eso, acudimos a Cercanías con un tren de diferencia. Nos sentamos en la dirección vacía. Miré el reloj.
—Mierda.
—¿Qué hora es?
—Se me ha vuelto a parar. Ya me extrañaba que funcionase.
—Entonces es verdad que no eran las pilas.
La aguja larga se había detenido a menos diez, probablemente al tiempo que bajábamos al túnel de las vías. Decidí que lo llevaría a arreglar cuando llegase a mi otra casa. Se me contraía el corazón al pensar que me marchaba; el corazón y la tripa, en realidad todo el cuerpo.
La miré a ella, que callaba mejor, y pensé que tendríamos por delante muchos días sin vernos.
¿Qué voy a decir de mis últimos pasos? Que compramos un bocadillo porque había olvidado el mío en la encimera de la cocina y que la despedí rápido porque me entraban ganas de llorar. Creo que de todas formas lo hice, pero con tanta discreción que podía parecer una mota de polvo en el ojo.
Me senté en el tren definitivo, ¡qué difícil no correr de vuelta!, y miré el reloj.
—Mierda.
La aguja perezosa había empezado a contar de nuevo.

martes, 9 de mayo de 2017

Jazz


Mientras me hablabas de jazz, tres gotas de lluvia reunieron el valor para saltar de la barandilla roja de tu balcón al suelo. 

Hubo un destello de luz cuando doblaste los dedos sobre un piano invisible.

No sabía que te gustaba el jazz, pero recitabas a los grandes músicos. Susurrabas con una trompeta, las manos subiendo y bajando.

Luego dabas un giro para abrazar el contrabajo. Bailabas con los ojos cerrados, la cabeza a un lado y al otro. 

A un lado y al otro.

Tenías una sonrisa extasiada cuando salió el sol.


lunes, 20 de marzo de 2017

Morat y mil ilusiones


Morat comenzó provocando. Despertó los primeros acordes detrás del telón negro de la sala Zentral de Pamplona mientras más de mil personas levantaban sus teléfonos móviles. 

¿Alguna vez habéis visto el rostro de la felicidad? Todas aquellas sonrisas, las miradas cómplices, los gritos... Se podría decir que, más que mil personas, eran mil ilusiones reunidas.

Imaginé la energía al otro lado de la cortina, a los cuatro músicos sintiendo sus instrumentos a solas, y pensé que solamente por ese comienzo había valido la pena. Era emocionante quererse a ciegas.

Y comenzó el vicio. Al principio un poco en frío, en seguida un grupo entregado. Me dijeron: "Mira a esa niña qué mona". Y vi a una niña de seis años sobre los brazos de un hombre cantando cada una de las canciones como si rezase en voz baja.

Luego miré hacia arriba y vi a los demás niños agolpados en el cristal de la segunda planta. Me pareció bonito que Morat reuniese ilusiones de todas las edades. Aquella noche no se cumplían solamente cuatro sueños. 

Una vez les dijesen que 'Cuánto me duele' no sonaría en la radio. ¡Ja! -exclamé-. Menos mal que no lo creyeron, porque cuando suena esa canción en la oficina, nos miramos con una sonrisa y decimos: "Qué bien que tenemos a Morat". Y entonces no importa si llueve o tenemos un mal día. Por cuatro minutos somos pura ilusión.