¿Te atreves a soñar?

jueves, 16 de febrero de 2017

El lago de los pueblos flotantes


Os dieron un colchón y una manta por poco dinero y no os dio tiempo a comentar el día. Necesitabais esas horas de sueño después de 30 kilómetros a pie. Y al despertar, apareció un punto rojo en el cielo.

Doblasteis las mantas y de nuevo la mochila sobre los hombros. Ibais camino del lago Inle, el de las poblaciones flotantes. Y de pronto, sobre la barca, cambiaron las normas del Universo.

Las mujeres paseaban de lado a lado sobre las aguas, por puentes que parecían más bien inestables pero aguantaban. Y los hombres pescaban haciendo equilibrio sobre un extremo de la barca. Remaban de una forma curiosa, enganchando la pierna al palo hundido.

Del lago podía surgir cualquier cosa: tomates, templos o un pueblo entero. Os lo explicó el guía, que medía metro y medio y era muy simpático. Este año quiere empezar la universidad y ha estado ahorrando mucho dinero, contaste.

Luego llegó la noche y había muchas estrellas. Todo el cielo era de estrellas. Así, una le daba la mano a la otra, y la otra a la otra, y así hasta el infinito. Porque en el monte, donde os tumbasteis, no había otra luz.


SQ

lunes, 13 de febrero de 2017

Vampiros en Hpan-an


Solo habías estado navegando en una barca muy larga, verde, de bordes rojos. Jugando al escondite en las cuevas, esperando paciente la salida de los murciélagos, que vuelan en bandada y parecen pájaros negros.

El guía os dijo que escaparían a las seis, pero lo hicieron cuando estuvisteis de nuevo en la barca. Aunque no lo suficientemente lejos como para imaginar que cientos de miles de vampiros caerían sobre vosotros.

Me resumiste el día en murciélagos y monos, como el otro día fueron las palomas y las pagodas. Porque en Hpan-an también hay budas y la Kyauk Ka Lat. Pero a ti te gustaron las cuevas.


SQ


sábado, 11 de febrero de 2017

Nada de ti


Hoy me he quedado dormida en el suelo, junto al móvil enchufado a la corriente. Salté de la cama para ver si recibía algún mensaje y ya no me volví a subir.

La pantalla vacía no era peor que la hora, que me recordaba que habíamos entrado en tu madrugada. Y que no sabía nada de ti. 

Y no sería tan malo si ignorase que el país que atraviesas no es del todo seguro. Hay zonas peligrosas, reconociste. Por eso trazasteis cuidadosamente el recorrido antes de partir. Pero el silencio no me gusta.

Tampoco las guerrillas de las fronteras. 

Espero que todo vaya bien.

Espero que, al despertarme, un mensaje de buenos días me borre esta preocupación.


viernes, 10 de febrero de 2017

Palomas y pagodas


Eran nueve cables eléctricos curvados por palomas. No sé si querías decirme que la ciudad era sucia o simplemente te hacía gracia. Probablemente llamaste a los demás: mirad qué de ratas voladoras.

En Naipyidó también había cientos, aunque allí saltaban unas sobre otras hasta adoptar la forma de gigante. Lo sé porque me grabaste un vídeo y me reí mucho.

Así que palomas. Palomas y pagodas, como un trabalenguas. Templos dorados donde las mujeres barren en línea y no están permitidos los zapatos. Oh, eso me pareció divertido. Aunque me cuesta creer que haga tanto calor cuando aquí hace tanto frío.


SQ

miércoles, 8 de febrero de 2017

Sobre el cielo de Asia


Te fuiste de madrugada, mientras yo dormía. Con una mochila a la espalda y un saco muy fino, finísimo, para soñar. Dijiste: allí no hace frío. Y ya no recuerdo si finalmente me hiciste caso y te llevaste una sudadera. Ya ves qué detalle, pero me preocupa.

Luego gastaste horas en aeropuertos. Frankfurt-China-Myanmar. Y entre tanto, las nubes. 

Tuviste suerte de estar despierto cuando sobrevolaste las montañas, esas cumbres que serpentean afiladas jugando al pilla pilla. Y las alcanza el sol. 

Te ríes. Estás atrapado dentro de una mosquitera y oyes volar de cerca a los bichos. Son enormes, ni te imaginas, me escribes. Reproduzco un insecto tan grande como una mano. No, no, yo no podría. ¿O sí? 

Antes del mosquito van las montañas. 

Aunque esas cumbres pintadas de luz me duelen. Me recuerdan que el mundo es mucho más grande que Pamplona.


SQ


sábado, 10 de diciembre de 2016

La ciudadela de los espíritus


Era un portalón abierto a las dos de la mañana. Una puerta de madera que debía estar cerrada desde las once. A su alrededor, fuera de la muralla, todo era silencio. Silencio y una niebla densa y fría.

Los pasos me parecían truenos en aquellas piedras y los árboles, presencias de este u otro mundo. Me dolían los músculos del cuello y los ojos, que aspiraban  a abarcarlo todo en trescientos sesenta grados y con cualquier profundidad.

A quién se le habría ocurrido dejar las puertas abiertas y a quién se le ocurriría entrar. La fortaleza renacentista en un cuento de brujas. No hubo tanto silencio en toda la noche de la ciudad vacía.

Paso a paso, a través del túnel y de las nubes, hacia la Puerta del Socorro. Con los espíritus asomándose, sorprendidos por esa caminante que les arrancaba del sueño y se esforzaba en entrecerrar los ojos para no verlos.


domingo, 4 de diciembre de 2016

En el camino

Hoy te vi caminar delante de mí. Recorriste el pasillo, luego subiste las escaleras y enfilaste nuevamente un corredor (todo esto sin darte la vuelta). Yo te seguía muy de cerca, sorprendida de encontrarte en un centro comercial de Madrid cuando estabas en Londres.

Me aventuré a tu destino aunque llegase tarde a mi cita. No podía quitarme de la cabeza que habías vuelto. Dejaste de caminar delante de mí y pasé yo a caminar detrás tuya. Espérame, que ya llego. Parecía que tenías prisa.

Entonces te volviste, como si alguien hubiese gritado tu nombre (juro que no fui). Sonreíste y levantaste un brazo. Esperaste a alguien que ya llegaba y yo continué hacia delante, ahora caminando delante de ti.

martes, 22 de noviembre de 2016

En el borde de los ojos

¿Hubo, alguna vez, una noche más prolífica? Porque en esta, me queman las palabras. Me cosquillean hasta que obedezco, tecla sobre tecla, latido sobre latido, sintiendo.

Hay días que no es bueno sentir, pero hoy no podría evitarlo. Me brillan las palabras hasta cegarme, porque no quieren ser retenidas por más tiempo en contra de su voluntad. Y de la mía. 

Esta noche las amo más de lo que las amé nunca, porque no me queda otra, porque las tengo al borde de los ojos y en los labios. No las ves, todavía, pero quiero y no quiero que se callen. Son tan hermosas… y delicadas. Suaves como tus dedos y brillantes como tu luna.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Una promesa de amor

Ella era un punto y a parte en el cielo. El comienzo de todas las frases hermosas. El beso que sella, invisible, una carta.

Y yo tenía las manos frías, muy frías, aún más frías que de costumbre.

La miré sin discreción, parada en mitad de la carretera, y no me importó la lluvia, ni los coches, ni el no sentir de mis dedos.

Tenía en frente, floreciendo sobre la ciudad, una tierna promesa de amor.


miércoles, 9 de noviembre de 2016

Manos de plata

Tenía las manos de plata, no completamente, pero sí la mayoría de los dedos. Parecía que todos los días pintase al despertar. Era un gris oscuro ligeramente azul, aunque pasaba desapercibido debajo de las mangas del jersey. Me gustaba mirarle las manos, me gustaba que se entrelazasen con las mías cuando no mirábamos.

No le pregunté por qué eran de plata, pero él me lo dijo. Lo hizo con una voz cansada, como si se tratase de un secreto inconfesable, bajito, despacio: “Tengo los pulmones grises”.  Grises no podían ser, porque yo había dormido muy cerca de ellos. ¿Entonces, qué?, se burló (porque al fin y al cabo eran los suyos).

De plata.
—Eso no puede ser. 

Pero sí podía ser. Yo sabía que tenía la luna atrapada dentro.