¿Te atreves a soñar? Aquí encontrarás historias, artículos, dibujos... Bienvenido al lugar donde la imaginación te hace sonreír

domingo, 21 de agosto de 2016

La lucha de los Juegos

La meta se alcanza hoy, después de dieciséis días, y además de catorce medallas deja tras de sí el sabor del sueño olímpico. Los Juegos tienen algo mágico, pues en el esfuerzo, la concentración y las lágrimas de los deportistas está nuestra propia lucha. Quizá por eso vemos deportes que nunca antes nos habían llamado la atención, o nos levantamos del sofá con una extraña inquietud. Ellos han trabajado por lo que más deseaban, como hacemos cada uno de nosotros en el día a día. Esa determinación, con sus gritos, sus sonrisas gigantes y sus lágrimas remueven nuestros propios sueños. ¡Enhorabuena a todos los campeones!

domingo, 14 de agosto de 2016

Pastel de pera con lavanda



Hay películas que son capaces de mantenerte en el asiento hasta que se encienden las luces, como “Pastel de pera con lavanda”. Un filme francés de nombre irreproducible que te devuelve las ganas de sentir la vida. Tiene la delicadeza propia de un poema, que se convierte en ternura con la frase final: “Basada en un cuento de hadas real”. El punto y final que envuelve una historia de amor y lucha que poco tiene que ver con la típica comedia romántica. Quizá porque el protagonista “no es normal”, o porque los versos son sobre el amor hacia la vida y no solo hacia una persona. Magnífica, sin duda, en la banda sonora, en la fotografía y en la mirada del espectador, pues desvela lo que a veces perdemos de vista, que vivimos en un milagro. Un milagro vislumbrado en las nubes, las flores, el sol, la risa, el tacto... o en un pastel, un sencillo pastel de pera acompañado de lavanda.

PD: No veáis el tráiler, no termina de corresponderse con la película.


viernes, 12 de agosto de 2016

Un columpio de guerra

Asía con firmeza las cuerdas del columpio. Quizá pensaba que el viento, tan suave que apenas movía las briznas de hierba, podría despertar de pronto y empujarla hacia el cielo. Esperaba inmóvil, con los músculos tensos y la mirada perdida. Tenía la expresión del que está sin estar. Le había conmovido la conversación de sus padres en el desayuno.

Una mariposa se detuvo en su regazo, poco después echó a volar convencida de que la niña no le prestaría atención. Ni siquiera esquivó el pájaro que le rozó el pelo.

Papá se iría lejos cuando acabase el verano. Con Guillermo y Rafael, que hacía poco habían cumplido la mayoría de edad. La patria agonizaba y el honor les impedía continuar escondidos por más tiempo.

La niña lloraba sin saberlo. La luz resplandecía en el filo de sus lágrimas. Papá y los chicos se irían con el próximo amanecer, vestidos de uniforme, dispuestos a defender una guerra que estaba perdida.

Le resonaban los gritos de dolor de su madre, partida en mitad de la cocina, abrazando el suelo como si en algún momento fuera a desaparecer. Su marido, con el rostro tan serio que parecía de piedra, era incapaz de consolarla. Los brazos se le habían dormido a medio camino de su cuerpo tembloroso.

No supo cuánto tiempo estuvo sentada en aquel columpio que le había regalado papá en su sexto cumpleaños, pero cuando se bajó, hacía años, alguna vez le pareció escuchar que diez, que su padre y Guillermo dormían en algún lecho de tierra.

lunes, 8 de agosto de 2016

El verdadero Apolo de Dafne


Se resistía a venderla, tan hermosa que era. Rodeó la mesa de herramientas y ocupó un improvisado asiento de mármol. Desde allí podría contemplarla sin que le viera. Había noches en que le despertaba su grito de ayuda y se apresuraba en socorrerla, pero nunca llegaba a tiempo. No podía dejarla marchar, por mucho que estuviese prometida a otro. Scipiano tendría que esperar. Quizá podía ofrecerle otra muchacha. Había algunas hermosísimas, tan puras como Dafne. Pero ella era sagrada, pensaba Gian Lorenzo mientras la observaba en la oscuridad. Dafne era perfecta. Ni siquiera la merecía un dios. Con ella no había horas. El tiempo corría, más veloz que nunca, y cuando alguien le sacaba del ensimismamiento, ya era la hora de comer, o de dormir incluso.

—¿Se encuentra bien, maestro?

Gian Lorenzo levantó la mirada, sobresaltado. François le miraba desde la puerta del taller. Se recompuso de inmediato.

—Esperadme unos minutos. En seguida estoy con vosotros.

—¿Puedo ver su obra, señor?

Bernini asintió con una sonrisa espontánea.

—No tenga miedo, François —dijo, tomando su muñeca para colocarle la mano sobre la piel de la ninfa—. Está a punto de convertirse en árbol.

Pero François no fue capaz de responder. Sus dedos temblaron al recorrer aquella piel suave y blanca. Quería abrazar a la joven y prometerle que estaría a salvo. Discretamente se llevó la mano al pecho. ¿Podría haber sido capaz Eros de clavarle una de sus flechas de oro? El maestro le agarró del hombro para separarle de Dafne y entonces lo entendió; él era el verdadero Apolo.



Apolo y Dafne, G. L. Bernini

miércoles, 13 de julio de 2016

Cuando nos burlan los políticos


Queridos políticos, se acabó la hora del recreo. Es divertido jugar, pero hace tiempo que los ciudadanos os miramos desde las aulas con ganas de continuar la clase. España no se va a levantar sola y nosotros os hemos escogido para que nos ayudéis a mejorarla.

Ya está bien de peleas, del tú, pero yo, pero Menganito ha dicho. Nos prometéis todo lo que queremos, pero a la hora de la verdad priman los individualismos. Entiendo que el 20-D fue una pequeña revolución en el Congreso. Entiendo también que se requiere un tiempo para adaptarse a un nuevo trabajo. Pero lo que no entiendo es por qué siete meses después estáis orgullosos de burlarnos con las segundas elecciones y dispuestos a seguir riendo; porque no, las terceras elecciones no deberían ser una opción.

Quizá lleváis tanto tiempo en los toboganes que habéis olvidado que un trabajo requiere un esfuerzo. Porque es muy fácil coincidir con quienes piensan igual, pero hemos apostado por vosotros precisamente porque pensáis distinto, porque ¡ojo!, queremos que penséis distinto, que dialoguéis.

Sin embargo, queridos políticos, cuando os veo tropezar con las mismas piedras, no puedo evitar preguntarme si hemos votado a futuros presidentes o a niños con berrinche. Ahora que se acerca el acto de investidura, ¿no creéis que es hora de salir de vosotros mismos y pensar en los ciudadanos? Porque os hemos votado... Digo yo que algo tendremos que ver.


lunes, 11 de julio de 2016

Dorotea


Su sonrisa cazaba todos los miedos. Alta y espigada, Dorotea siempre causaba la misma impresión. La forma en que levantaba las comisuras de los labios, cómo entrecerraba los ojos y le engordaban las mejillas era una historia de amor. Decían que había curado a enfermos y había devuelto la paz a los intranquilos, pero lo cierto era que vivía en el centro de un lago, en una casa diminuta, sin más compañía que un pajarillo que no se atrevía a revolotear más allá del techo.



domingo, 10 de julio de 2016

Un farolillo morado

—Escribid un deseo —nos dijo el chequito tendiéndonos un farolillo morado.

Cinco párrafos de amor en un corazón que aspiraba al cielo. Después de los fuegos artificiales, que habían sembrado la Ciudadela de conversadores, la luz tropezó en su huida hacia lo alto. El chequito tenía razón: ¿qué mejor manera de comenzar los sanfermines que confesando una ilusión?

El farolillo morado era el preludio de bailes hasta las seis, del encierro y las risas. Porque todos los blancos y rojos tenían ganas de pasarlo bien. Los que no eran de allí me dijeron con sorpresa:

—La gente se disculpa al empujarse.

A veces no se alcanzaba el suelo, otras acababa el pie en algún charco de alcohol, de agua sucia, de plástico, pero no había una palabra de ofensa; como si la clave fuese el llevarse bien. Todos iguales, todos contentos. Amigos. O, por lo menos, compañeros de juerga.

—Qué limpias quedan las calles.

Porque quizá algunos, ya vencidos por la bebida y el cansancio no lo noten, pero en un minuto las calles quedan impolutas tras la escoba y la manguera del servicio de la limpieza. Como nuevas. Estrenadas por los corredores y los toros.


miércoles, 15 de junio de 2016

Sobre Caravaggio y un Bernini

"DeCaravaggio a Bernini", prometía el anuncio sobre la exposición que acoge el Palacio Real de Madrid. Dos de los grandes. Caravaggio. Bernini. Tenía que acercarme a conocerlos. “Obras del Seiscento italiano en las Colecciones Reales”, acompañaba el cartel. Ya no quedaba duda: regresaría al Palacio por ellos.

Había visto tantas fotografías de las obras de Bernini que no podía creer que algunas de ellas estuvieran allí. Imaginaba sus esculturas vivas, de esas que tiemblan, ríen y casi echan a andar, y un pequeño duende me bailaba dentro. Bernini. Bernini. Mármol blanco. Miradas nostálgicas. Cuerpos elegantes. Y, por otro lado, el tenebroso Caravaggio, el maestro del claroscuro. Negro. Un negro hambriento.

El cuadro ‘Salomé con la cabeza de San Juan Bautista’ (Caravaggio, 1609) me resultó estremecedor. Ella sosteniendo la culpa y el plácido sueño de un muerto. No resulta extraño, al verlo presidir la intimidad de un rectángulo, que fuera el preferido de Carlos III.

Más adelante encontré ‘La túnica de José’ (1630); pensé ¡un Velázquez! y lo observé un rato. Pero en el Museo del Prado hay otros Velázquez, así que no me detuve más de tres minutos. Quería ver al polifacético artista italiano que me había convencido para ir a la exposición.

Recorrí las salas con ligereza y de repente… Bernini. Un Bernini dorado. Un Cristo crucificado de 140 cm de alto. No me decepcionó la figura, que es la única en metal que se conserva completa del escultor, pero tampoco me sorprendió. Regresé a la sala anterior y me anticipé a la siguiente, pero era la única efigie del artista (la Fuente de los Cuatro  Ríos, en la segunda, era una reproducción).

No me pareció que el prometido Bernini fuera cumbre de la exposición. Quizá tenía demasiada ilusión. Quizá me sobrepasó la imaginación al pensar que encontraría dos o tres esculturas de esas que te miran directamente al alma. Quizá. Sin embargo, descubrí a Simone Cantarini y sus pinturas en alabastro, un discípulo de Guido Reni (quien por cierto también se expone) elocuente, confiado y cálido. 

Bernini quedará para otra ocasión.


lunes, 25 de abril de 2016

Los valientes que se perdieron en el espacio

¿Cómo cuento mi historia sin que suene dramática? Una vez fui hombre... No, quizá más bien fui padre. El día en que mi esposa me lo dijo, pensé que moriría de felicidad. Ojalá me hubiera fulminado un rayo en aquel instante. De esa forma, ninguna de las dos habría sufrido lo que vino después.

En el cielo ocurre una cosa muy curiosa y es que se está bien o se está mal, sin grises. A veces todo es hermoso: la Tierra envuelta en nubes como si fuera un caramelo, el brillo incesante de las estrellas, la sospecha de que en algún momento se cruzará el principito camino de otro planeta... Otras veces, en cambio, me reprocho estar aquí, sintiéndome Dios, y no abajo, en esa pelota diminuta donde están ellas.

Me trajo la ambición y mi sueño infantil de conquistar una estrella. Pero, ¿para qué la quiero ahora? Hoy se cumplen diez años terrestres de mi ausencia. Al despertar, quise morir. Me asomé al ventanuco de la nave, el que me pertenece por ser espejo de todas mis lágrimas, e imaginé a mi niña abrazada a su madre. Quizá más que un funeral sea una celebración, no lo sé, aunque me consuela pensar que al menos hoy me dedican unas lágrimas. No las merezco, pero las necesito. Aquí agonizo como si fuese el purgatorio.

Le he pedido al comandante permiso para morir, pero no quiere. Aún insiste en que saldremos de esta. Pobre iluso, que cree que podrá besar de nuevo a su dulce Amelia. La tiene colgada junto a su saco y le da los buenos días y las buenas noches. Ninguno de la tripulación se burla, porque todos hemos desarrollado un vicio. El mío, la ventana. El de Xun, llevarse a la boca el chupete de su hijo.

Nos inventamos las horas, porque aquí no existen. Decimos "ya falta poco para la una, vamos a preparar el almuerzo", o "son las ocho, están jugando los Lakers". A mí me dan igual los Lakers, pero aplaudo para animar a Mike, que no tarda en enroscarse al cuello una bufanda del equipo; su vicio.

Aunque el comandante no nos deje morir, lo haremos algún día. Probablemente alguno enloquezca y mate al resto. Si no, se nos terminarán los víveres y empezaremos a comernos. Mientras tanto, seguiré imaginando las vidas de mis dos amores:

—Mami, ¿dónde está papá?
—Tu padre está en el cielo, tratando de alcanzarte una estrella.

Por ella, por esa niña que no sé ni cómo se llama, soy padre y no hombre.

Se ha detenido el reloj, el único que vivía todavía. Con él, nos hemos parado todos. A Mike le entró la risa floja y desde entonces nadie ha podido consolarle. Ahora el comandante solo le dice "hola" a Amelia, y yo pienso que en la Tierra me lloran todos los días, porque no habrá nuevos aniversarios.

María, Patricia, Marina, Azucena, Eustaquia, Alamanda... Unos días, mi niña se llama Laura y otros, Davina. Y así, según el nombre, me la imagino. Si es Ana, tiene el pelo rubio y los ojos castaños. Si es Gertrudis, tiene una nariz aguileña y trenzas muy negras y estiradas. Paula será soñadora y a Otilia le gustarán las artes marciales.

Se nos han acabado las pastillas para dormir. La última la hemos partido en pedacitos minúsculos, de modo que todos compartimos el insomnio. Ya no sé si estoy abajo o arriba, o arriba o abajo, o abajo o arriba, o... Qué gracioso, me acabo de fijar en que a Xun le bailan los músculos como si fueran gelatina. Está agarrado a una barra para no dar vueltas.

Tenemos cerca la luna. De broma, le he dicho al comandante que vayamos a pisarla para hacer historia, pero me ha pedido que regrese a mi ventana y no vuelva a hablar. Últimamente está irascible, supongo que es porque Mike cayó accidentalmente sobre Amelia y la arrugó. Así que he aplastado mi nariz contra el cristal, en el punto exacto en el que la dejo siempre, y me he esforzado en localizar a mi esposa y su hija. He pensado que en la Tierra nos habrán enterrado, de modo que quizá ya seamos verdaderamente historia.

Nos recordarán como "los valientes que se perdieron en el espacio"... No sé si suena más heroico o más ridículo. Con suerte, algún día inspiraremos una película. Entonces mi niña se sentará en la butaca del cine y dirá:

—Mamá, ¿por qué me mentiste? Papá no fue a buscarme una estrella. Se marchó porque quería ser famoso.

Y tal vez tenga razón. Mi querida Belén. O Amelia. Había alguien que se llamaba Amelia.

lunes, 21 de marzo de 2016

Juana y yo


Han sido seis meses conviviendo con ella. Juana y yo. Blanca y yo. Y ahora nos toca despedirnos. Ha llegado el momento de abandonar la piel contraria, aunque aún me resista. Por eso, el guion continúa sobre la mesa de la entrada. “Adiós, Juana”, le digo cada vez que salgo de casa. Como si dormitara en aquellas páginas subrayadas. “Adiós, Juana”.

Me resulta difícil despedirme de ella porque de su mano he descubierto un mundo. Un mundo que siempre había admirado desde la butaca, con el que a veces soñaba en bajito y que me despertaba tanta curiosidad. Juana me ha llevado al otro lado: a los espejos enmarcados por luces, a la oscuridad del backstage, al calor del escenario. Juana me ha enseñado, incluso, a mirar con las manos.

Ignacio, Carlos y Juana, Elisa y Miguelín, Doña Pepita y Don Pablo, Esperanza, Lolita, Alberto, Andrés y Francisco. Estaban tan vivos que me los creí. En la última representación, poco antes de que se apagasen las luces y Carlos hincase la rodilla en el suelo, sentí la angustia de un colegio desmoralizado, las ilusiones pisoteadas, los amores magullados, la inseguridad. Estábamos dentro, pero eran ellos, esos personajes con los que habíamos compartido tantos ensayos, quienes nos decían adiós.

Y arriba, Edurne y Silvia, la directora y subdirectora de nuestra ‘Ardiente oscuridad’, las que nos reunieron, las que crearon este elenco de amigos y esta obra que ha sido nuestro hogar. Increíbles, como Miquel, David, Alba, Fernando, Amaia, Jorge, Leire, Ana, Oriol, Narciso y Álvaro. 

Cuando intimé con Juana, me confesó un secreto. Ella ha sido mi primer personaje, mi primera guía en este mundo del teatro. Y por eso, me hizo tanta ilusión cuando descubrí que mi última palabra, la que me sacaba de escena, era de agradecimiento. “Gracias”, susurra. Y gracias son las que quiero darle a este equipo y a Bea, que me llevó hasta el teatro. “Adiós, Juana”… y gracias.

jueves, 3 de marzo de 2016

Jaque mate al sueño de las mañanas

Mi hermana se cayó de la cama a las siete de la mañana. Un peso pesado sobre la alfombra. Pensé que el golpe sería suficiente para despertarla, pero se encogió y siguió durmiendo. Entonces abrí las persianas, pero el cielo oscuro no ayudó. Volví a cerrarlas.

Hay un mal muy terrible que combatimos cuando somos más frágiles: el sueño. El despertador se inquieta, lo apaga la mano invisible, el subconsciente nos asegura que “un poquito más” solo serán cinco minutos… Cómo nos engañamos. Ni el mejor mago es tan poderoso.

Así que la dejé en la alfombra. La batalla no la libraba yo. Dos días después, sin embargo, apenas abrí los ojos, ella saltó de la cama. El susto me desveló. Eran las siete, como todos nuestros despertares, pero tardó menos de cinco minutos en vestirse. No pude articular palabra mientras iba y venía por la habitación. Los zapatos, el abrigo, el bolso, los guantes. Para cuando quise reaccionar, se había marchado.

Al día siguiente saltó con el mismo ímpetu y pensé que aquella especie de esquizofrenia de la mañana se mantendría. Pero no, en la semana que vino después regresó la zombi de la alfombra. Estaba asombrada, así que decidí preguntarle. No supo responderme.

—No lo sé. Será que hoy he descansado mejor.

¿Descansar mejor? ¿Solo descansar mejor? Había dormido las mismas horas, había cenado platos parecidos… La observé de cerca. ¿Estaría ocultándome un nuevo amor? No, nada de eso. Más tarde descubrí que su victoria rotunda al sueño respondía al nombre de “motivo”. Mi hermana tenía un motivo, un incentivo, un acontecimiento que hacía que recibiese al día con ilusión.

Un motivo, anoté. Que podía ser una cita, una tarde de compras, una buena noticia… Me metí a la cama inquieta. Tenía la fórmula secreta. La pereza, Carol y yo nos veríamos las caras al amanecer. Reté a la alfombra con la mirada y me esforcé en buscar un motivo. ¿Qué pasará mañana? ¿Qué puede pasar? Un motivo… Un motivo… Vamos, un motivo. No logré conciliar el sueño antes de que sonase el despertador.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Tus ojos se ríen

Tienes los ojos muy bonitos. Imagino que te lo habrán dicho. A veces parecen dormidos, hasta que se les cruza la risa. Entonces son como un haz de luz rompiendo el agua: tan fuerte, tal misterio.

En ese instante pienso que no podrá vencerles la muerte. Pero si no hubiese muerte, tampoco estarían tus ojos. Y yo quiero esos ojos que ríen, que sueñan, que bailan, que envuelven.

lunes, 1 de febrero de 2016

Una tostada de nieve


Fue delante de una tostada de nata espesa donde descubrí que no quería despedirme de ti. Mientras la mujer esparcía la nieve dulce sobre el cuadrado de pan de molde y tú hablabas de palabras mal escritas, tuve tiempo de contar con los dedos. Solamente tres… y te irías. Vi cómo caían las gotas de la mermelada de melocotón y me parecieron tristes. Seguías moviendo los labios, así que estuve tentada de sacar la grabadora y pedirte que me contaras un cuento para cuando te fueras. Bebiste un sorbo de café y sonreíste. La marcha te sentaba muy bien, desde luego. Desde que marcaste un final, todo parecía más grande: los sueños, el futuro, nuestros desayunos. Tragué un trozo de aquella montaña y entonces preguntaste si todo iba bien. Te mentí; respondí que me costaba tragarlo.

lunes, 4 de enero de 2016

Lágrimas de sangre


Le resbalaban lágrimas de sangre por las mejillas, pero el policía estaba de espaldas y no las veía.
—Jefe, el juez ha levantado el cuerpo. Antonio y Sergio se encargan de lo demás. Podemos irnos —informó Gabriel desde la ventana del furgón
Pedro se amasó la barba y, sin decir nada, subió al vehículo. Aunque su compañero encendió la radio y comenzó a hablar de fútbol, era incapaz de abandonar el caso. No lograba entender por qué aquel mendigo había matado a la joven. Después de todo, aquel pobre loco nunca había sido violento. Más bien al contrario. Recordaba haberlo visto todos los días en la misma esquina de la plaza, comiendo lo que le daban, lanzando migas de pan a las palomas, tocando una vieja flauta. Alguna vez incluso le había dado dinero. Era un artista; la música le brotaba del corazón.
—No lo entiendo —musitó—. ¿Por qué la mató de un hachazo? No se conocían.
—La cuestión es, jefe, de dónde sacó el arma.
Pedro sacudió la cabeza, contrariado. Quizá el mendigo un día fue campesino. Eso le daba igual.

La nieve caía tan despacio que parecía flotar inmóvil en el mismo sitio. Sofía cerró los ojos y sintió los copos derretirse en su piel. Columpió las piernas. Sonrió. Hacía media hora que esperaba a Alberto, pero parecía que después de todo no iba a presentarse. Sacó la lengua para beber del cielo. Acababa de decidir que se olvidaría de él.
Vio a unos niños lanzarse bolas de nieve y los siguió con la mirada. La escena le pareció divertida, hasta que el vagabundo empezó a gritar. Daba saltos señalando una de las cuatro estatuas de la plaza. Se fijó entonces que una de las bolas había impactado contra ella y que la nieve se escuría desde el rostro del ángel al suelo. Sofía contuvo la respiración. Nunca había visto una cara más hermosa.
Mientras el hombre retomaba su melodía de flauta, ella se acercó, arrobada, a la escultura. Había algo en aquella mirada que la atraía; no se atrevía a decirlo, pero le parecía que en esos ojos de mármol resplandecía la vida.
Levantó el brazo, aunque no se atrevió a tocar ni siquiera los pies. El ángel tenía las manos cruzadas sobre el pecho y la cabeza inclinada. Los labios ligeramente entreabiertos, como si Dios le hubiese petrificado justo en el momento en que iba a negarle.
Sofía imitó el gesto y cruzó sus manos sobre el corazón. De pronto no sentía el frío. Entreabrió los labios, hipnotizada. Le parecía que el querubín le juraba amor eterno.
Las notas de flauta se silenciaron.
Sofía había trepado la estatua y acariciaba aquel rostro de piedra como si su calor fuese a despertarlo. Se encontraba tan ensimismada que no vio al mendigo caminar hacia ella con un hacha en alto. Tampoco lo escuchó gritar, ni el filo del arma rasgando el aire, en círculos, directo a su espalda. Estaba cautivada por una mirada esculpida.
La muerte la besó al mismo tiempo que apretaba sus labios contra los del ángel. Cuando la encontraron, el vagabundo lloraba a su lado. Tenía las manos rojas y era incapaz de articular palabra. Los oficiales se lo llevaron detenido y fotografiaron la escena mientras llegaba el juez. Fue precisamente en esas imágenes donde algunos años después Pedro descubrió un detalle que aquel día había pasado por alto. Ampliando las instantáneas descubrió que el ángel bajo el que murió la joven tenía lágrimas de sangre.

viernes, 1 de enero de 2016

Feliz 2016

Somos trozos de historias y el misterio está en que nunca las conoceremos todas. Ni siquiera las nuestras. Ahí está la gracia, que la vida son olores, sabores, sensaciones... y se nos escapan.

Qué suerte poder compartirlas, descubrir nuevas y comenzar otras. Que comencéis el año con ganas. ¡Feliz 2016!



lunes, 14 de diciembre de 2015

Ciudadanos, las farmacias y los programas electorales


Ciudadanos escucha, y lo digo tras un suspiro muy largo porque hasta ahora los partidos han jugado más bien a hacer oídos sordos. En las pasadas elecciones andaluzas, Ciudadanos se presentó con un “modelo de mínimos” en el Programa Sanitario, es decir, la liberación de las farmacias. Como andaluza, me saltaron todas las alarmas, porque lo primero que me llamó la atención cuando vine a vivir a Navarra fue la cantidad de oficinas de farmacias que hay (solo en mi barrio tengo localizadas ocho y tres de ellas, en la misma calle). No podía entender cómo defendían un modelo que a la larga destruye los comercios.

Pero rectificaron. Poco después de las elecciones, el secretario de Acción Política de Ciudadanos, Antonio Espinosa, aclaró que entre sus intereses no está el que las oficinas de farmacias tengan que cerrar. Los representantes del sector farmacéutico pidieron más concreción y el partido la ha dado. En su programa electoral ha dedicado líneas a este tema. Han eliminado el “modelo de mínimos” y apuestan por un modelo de farmacia comunitaria asistencial, lo que quiere decir que sus profesionales trabajan con vocación de servicio a la comunidad.

Además defienden servicios, como “la prescripción repetida”, que aliviarán las colas de los centros de salud y resultarán más cómodos para los ciudadanos. Así los pacientes podrán recibir la medicación durante un periodo de tiempo desde su farmacia sin necesidad de volver a la consulta del médico.

Pero regresando al momento del suspiro, cuando me di cuenta de que Ciudadanos había entrado en razón en este punto, me propuse revisar los demás programas electorales, los de los otros tres partidos más fuertes. ¿Qué dicen sobre las oficinas de farmacia?

El Partido Popular asegura que en Sanidad deben “seguir por la senda de la gestión eficiente” y se centra principalmente en lo que llaman “medidas de salud digital”, que se refiere a las recetas electrónicas, el acceso de los pacientes a la historia clínica y la tarjeta individual interoperable. No dicen nada de liberalización de las oficinas de farmacia, lo cual no me gusta por una razón: que ya ha estado antes entre sus propuestas. Quizá se hayan dado cuenta de que afirmar algo en el programa y luego hacer lo contrario es más peligroso que si directamente se suprime y luego, cuando gobiernan, lo proponen.

PSOE y Podemos son en tema “oficinas de farmacia” una hoja en blanco, o una nube. Por destacar algo, el Partido Socialista menciona una “estrategia de precios del medicamento”, de modo que estos resulten más accesibles al paciente y Podemos prohíbe explícitamente el copago sanitario y farmacéutico. Algo que ha repetido Pablo Iglesias a Albert Rivera en los últimos debates, a modo de reproche, pues Ciudadanos ha propuesto que el copago (que según ellos sería reembolsable) “solo podría utilizarse como elemento disuasorio en aquellos pacientes menos graves que tengan la posibilidad de administrar mejor el uso de medicamentos o servicios sanitarios”.

Las gafas que me he puesto para escribir este artículo son unas de tantas miles con las que se pueden leer los programas electorales. Cada ciudadano tiene sus preocupaciones e intereses así que, después de quitaros estas, poneos otras y empezad de nuevo. Quizá incluso lo encontréis divertido. 

lunes, 7 de diciembre de 2015

Bibi quiere amar


Rosvinta se relamió. Removió el contenido del caldero, que borboteaba y salpicaba un polvo dorado, y canturreó una canción de cuna. Más allá, Adelaida acariciaba el pelo de Bibi, quien miraba a través de la ventana con nostalgia.
—Créeme pequeña: lo agradecerás. Que ahora no lo ves, porque eres joven, pero un día te alegrarás.
Bibi no contestó. Mantuvo la mirada perdida más allá del bosque que cercaba la mansión. Adelaida le acarició la cara y jugó con su pelo.
—Eres muy bella, niña mía. Tienes una piel suave como las flores y esos ojos tan grandes… Si te quisiera menos, te los arrancaría para cambiarlos por los míos.
Detrás de las montañas, Diego la estaría buscando. Habían quedado en encontrarse en el crepúsculo, y el mar ya había comenzado a tragarse el sol. Las lágrimas de Bibi desfilaron por sus mejillas y Adelaida se apresuró en recogerlas.
—No llores, que tú serás inmortal. ¿Sabes lo que darían esas criaturas despreciables por ser como nosotras? Oh, mi pequeña, no sabes lo afortunada que eres en realidad.
La purpurina se desparramó por el suelo y Rosvinta rompió a reír.
—¡Mira, mira cómo me brillan los pies!
—Cállate, estúpida, que la niña está triste.
—¡Me brillan, me brillan!
Rosvinta comenzó a dar vueltas por la habitación con el palo de escoba en ristre. Cuando se le pasó la euforia, los brillos habían quedado suspendidos en el aire. Adelaida estornudó y empezó a agitarse como si la hubiera poseído el demonio. Bibi, ajena a sus hermanas, lloraba. Estaba a cientos de kilómetros de Diego y, sin embargo, escuchaba sus gritos y le veía golpear el suelo de la cueva donde se habían citado. Pero no podía escapar, porque Rosvinta le había obligado a tomar una pócima que le robaba la magia; la suya no era tan fuerte como la de ellas. Cerró los ojos y sintió de nuevo las manos de Adelaida en su cuerpo.
—Vamos, mi niña, ven a bailar conmigo. Está oscureciendo y el remedio de Rosvinta ya casi está. Cuando lo bebas, mi pequeña querida, cuando lo bebas, será como si tu vida empezase de nuevo. Ya no habrá hombres, porque no valen nada. No tendrás que sufrir nunca más por amor —soltó una carcajada y le enredó los dedos en el pelo—. Ese dolor que sientes, esa punzada tan aguda, la olvidarás, como lo olvidarás también a él. Vas a ser libre, mi hijita, vas a ser tan libre que nos lo agradecerás.
Le pusieron la copa en las manos, una vasija de oro que decían haber robado a un rey, y Rosvinta empezó a dar palmas.
Bibi pensó en Diego mientras le acercaban la poción a los labios.
—Preciosa, olvídalo. Ellos solo querrán jugar contigo.
Saboreó el líquido dorado y sintió que le desgarraban el corazón. De pronto no sabía de qué color eran esos ojos que la habían enamorado. Perdió después el recuerdo de las caricias. Cuando se borraron sus besos, Bibi aulló fuera de sí.
Lanzó la copa contra las brujas y echó a correr hacia el caldero. Mientras Rosvinta reía y repetía que la purpurina le había mojado los pies, la joven se sumergió en aquel líquido maldito. Si iba a olvidarlo a él, quería olvidarlo todo.



jueves, 3 de diciembre de 2015

Veintiuno

Tú me haces sonreír. Me haces sentir vivo... dice la canción. ¿Cómo podría decirlo mejor? Cuando estoy cansada, recurro al mismo libro. Como si ahuyentase todos los males, busco en sus páginas dónde está la frase para mí. Siempre la encuentro. Unas veces la he subrayado antes, otras es alguna que pasé inadvertida. Esta vez iba escrita en un pósit amarillo con tu firma. Tuve que leerla varias veces para darme cuenta de que era real, que un pequeño milagro había crecido en la página 21. Probablemente la escogiste al azar, pero hace unos días que se me aparece el número en todas partes; una especie de señal, supongo. Y podrá sonarte cursi, pero me ha hecho sentir especial. He imaginado el mundo cayendo sobre mí y he pensado "se puede acabar, porque soy feliz". Probablemente solo tú vayas a entender estas líneas. Espero que, cuando sientas ese cansancio que sentí yo, te topes por azar con este blog. 



lunes, 2 de noviembre de 2015

En el fondo de sus ojos


Lo vi en el fondo de sus ojos y luego lo escuché en su voz. Sonaba como una garganta de cuerdas desgarradas. Una por una se alargaban, como si fueran chicle, hasta que terminaban por romperse. Zas. Un latigazo mientras yo apretaba los dientes. No necesitaba palabras para saberlo. En lo profundo de sus pupilas estaba yo: la cabeza gacha, los labios apretados, la marca de dolor entre las cejas.

Solo me quedaba aceptar que se había roto la confianza. Esta vez no era un rasguño, ni una grieta que pudiera arreglar un parche. La realidad es que hacía frío y estaba oscuro. Negrísimo. Tan negro que se sobrecogía el corazón por miedo a que lo mordieran. Y de golpe dos haces. Uno le enfocaba a ella y otro a mí. Nadie habría sido capaz de moverse, porque la luz era tan brillante que te creías congelado.

¿Sabes cuando caes sobre la nieve y el hielo te entumece? Después de una carrera, o de lanzar bolas, o de lo que quieras que te acelere la respiración. Hay un instante en que el cansancio te seduce y no parece tan horrible dormirse para siempre. De ese modo, con los ojos cerrados y los mofletes rojos, esperé la muerte.

Pero no vino. La oscuridad era cerrada, salvo las dos rayas blancas, y en tu lado solo veía ese fondo de ojo. Me faltaba el aire. Tampoco podía llorar. “¿Por qué no acaba, por qué no me libera?”, pensé, al tiempo que mi mente se engullía a sí misma. No soportaba mirar la decepción de forma tan directa, pero ya daba igual que bajase la cabeza. La tenía dentro de mí. De su mirada había saltado a mi cuerpo.

Dibujo: Charlotte