¿Te atreves a soñar?

sábado, 30 de abril de 2011

La ninfa del lago

Ilustración realizada por Blanca Rodríguez G-Guillamón
a partir del original de Victoria Francés

lunes, 25 de abril de 2011

Gracias, a ti

A veces, cuando agudizo el oído, te oigo.
Tu voz aún conserva la dulzura de ayer.
Sonríes con un corazón amplio
y lloras por todo lo que dejaste de ver.

Crees que lo imposible lo puedo lograr,
sabes que si confío no debo temer a mis sueños.
Tú ves lo que yo no veo
y sé que sonríes cuando lo hago yo.

Aunque te fuiste, porque te esperaban,
echaste una mirada atrás.
Tú sabías que yo te escucharía,
cuando ya no estuvieras aquí.

Ni siquiera un adiós, ni unos ojos húmedos,
yo sólo vi la fuerza de un corazón hermoso.
En silencio, sin ni siquiera avisarme a mí,
emprendiste un camino de luz.

No me regalaste lágrimas,
¡para qué las iba a necesitar!
Pero me legaste un sendero de ilusiones
y una infancia sembrada de felicidad.


domingo, 24 de abril de 2011

Pensando en ti

                                         
Ilustración: Blanca Rodríguez G-Guillamón


miércoles, 20 de abril de 2011

Perdida

Perdida, entre el cielo y tu beso,
entre dos corazones entrelazados y sinceros.
Sobrevolando promesas y reclamando alegrías.
Abandonando el recuerdo
de una despedida vacía.
Tú lejos, yo cerca del mar.
Tú atento, yo soñando con duendes.
Tú fiel, yo dibujando líneas en el cristal
Perdida, es una forma de decir que te amo.
Una forma de no alejarme de ti.

lunes, 18 de abril de 2011

Si tú no estás

Hoy amaneció triste el sol
Sus rayos bañaron las puertas,
pero tú ya no estabas allí

Enmascaré mis labios y la mirada
y engañé a la vigilancia
¿quién iba a sospechar,
si tú no estabas cerca?

Escucha, ya no sé cómo gritar
Me sobra la voz y me restan las lágrimas
¿Dónde escondes lo que sientes,
para que sólo lo descubra yo?
No es justo que me ames en silencio
Cuando estás solo sé que tiemblas,
sé que te asusta pensarlo

Los pájaros cantaban tu ausencia
y el cristal me devolvía los guiños del sol
Hoy el día se burlaba de mí
¿por qué te fuiste sin decirme nada?

Te respiro en la primavera
Y te siento, aunque no estás
¿Cuándo has estado, sin embargo?
El tiempo arranca mis ganas de ti

Escucha, ya no sé cómo gritar
Me sobra la voz y me restan las lágrimas
¿Dónde escondes lo que sientes,
para que sólo lo descubra yo?
No es justo que me ames en silencio
Cuando estás solo sé que tiemblas,
sé que te asusta pensarlo

sábado, 16 de abril de 2011

Prejuicios

Nati se acercó a los labios su capricho diario: un café recién hecho. Se colgó el bolso y salió a la calle. Le encantaba pasear por el centro de la ciudad, sobre todo en Navidad. Entonces, las calles se vestían con colores y los escaparates recordaban a una jaula de luciérnagas. Todo parecía distinto en esas fechas.
Una librería, un estanco, dos tiendas de ropa, una zapatería... Conocía de memoria la distribución de cada uno de los negocios. Se acercó a un puesto de chucherías y saludó al dueño. De vez en cuando compartían algunas risas recordando cómo meses atrás a Felipe se le había antojado un caramelo y se había subido al carro para alcanzarlo, tirando varias cestas al suelo. Felipe era el hermano menor de Leyre. Los conocía desde hacía dos años, cuando su madre la contrató para trabajar en su casa. Desde entonces, les había cogido tanto cariño que el dolor de encontrarse lejos de su propia hija se había vuelto más llevadero.
Anduvo por la calle principal con el café calentándole las manos. Le encantaban los olores de las pastelerías, las actuaciones de los artistas de la calle y los colores de la Navidad. En cierto modo, podía decir que se sentía en casa. Cuando paseaba por allí, Paraguay latía con fuerza en su corazón.
Lanzó el vaso de papel vacío al fondo de una papelera y se acercó a un escaparate donde exponían pañuelos. Recordó a su madre, que solía utilizarlos para despejarse la frente antes de iniciar la jornada laboral, y pensó en comprarle uno en cuanto ahorrase algo más de dinero.
Luego se detuvo a contemplar su reflejo. No era vanidosa, pero le gustaba cerciorarse de que realmente esta allí, en España, de que había conseguido establecerse en otro país a pesar de todos los obstáculos que le habían puesto y de que, gracias a su esfuerzo, su niña vestiría y comería caliente. Le sonrió a la muchacha morena y delgada del cristal y continuó el paseo. Sin embargo, unas figuras fornidas que su retina había captado en el reflejo, se abalanzaron sobre ella. Confundida, empezó a agitarse para liberarse del contacto.
¡Suéltenme, suéltenme! –gritó, asustada.
Uno de los hombres la agarró por los brazos y la dispuso frente a su compañero. Fue entonces cuando Nati reparó en sus uniformes.
Deme el bolso –rugió el que tenía las manos libres.
Nati se revolvió, sin entender qué estaba sucediendo. Como acto reflejo apretó el bolso contra el pecho.
Suéltenme. No sé qué ocurre –gimió desesperada.
A su alrededor empezaban a congregarse los curiosos. El policía le arrancó el bolso de las manos y, sin su permiso, lo abrió y empezó a vaciarlo. Sacó un paquete vacío de chicles, el teléfono móvil, dos horquillas del pelo y un coletero, unos pocos céntimos, la tarjeta del autobús, un tíquet del supermercado y la fotografía de su niña. Persistente, palpó el interior en busca de algún falso fondo, pero no encontró nada.
Nati lloraba de vergüenza, ya sin oponer resistencia ante la autoridad. Sentía las miradas desconfiadas de los transeúntes y el peso de la culpa injusta. Ni siquiera el desconcierto de los policías la consolaba. En un momento, sintió que la presión contra sus brazos desaparecía, y cayó de rodillas al suelo.
Estamos buscando a alguien –dijo el agente devolviéndole el bolso –. Nos hemos equivocado.
Y sin una palabra de perdón ni un gesto arrepentido, se marcharon. La dejaron sola y humillada en mitad de la calle, en el centro de un círculo que empezaba a dispersarse. Nati se apresuró en recoger sus pertenencias y, sin ponerse de pie, se contempló de nuevo en el escaparate. Su rostro había perdido el éxtasis de la libertad. Ahora, su mirada se había apagado y las lágrimas habían manchado de negro sus mejillas. Quería huir de allí y regresar a Paraguay, y abrazar a su hija y olvidarse de que acababan de aplastar su dignidad. Entonces, se percató de que alguien se había acercado a su lado. Se volvió con rapidez y reconoció al dueño del puesto de chucherías. Él no le dijo nada, pero le tendió la mano. La aceptó con timidez. Era lo único que necesitaba.

martes, 12 de abril de 2011

En la playa

Hoy te vi, paseando serena,
tenías el pelo revuelto
y sonreías traviesa.
Llevabas tus manos blancas
entrelazadas con las del viento
y te giraste con gracia
al verme de pie,
confuso y llorando,
ahogado entre lágrimas.
–¿Qué te ocurre? –preguntaste.
Yo miré tus ojos claros
y sentí que te amaba.
–Nada, no pasa nada.
Es sólo el mar,
me produce nostalgia.

lunes, 11 de abril de 2011

Enséñame, que no sé nada

Enséñame a amar
y a decirte qué se siente
cuando te besan las mejillas
Enséñame, que no sé nada,
por qué se abrazan en las noches largas,
por qué se quieren si la vida es larga.

Yo sé que que vivo solo,
perdido en la mañana.
Yo sé que tú me has visto,
escondido entre las faldas.
Lo siento, soñé que me besaba
la musa de los sueños,
luego caí rendido,
sabiendo que soy nada.
Cerré los ojos lentos
y clavé en el suelo la mirada.

Enséñame, amor mío,
enséñame a luchar sin que haga falta,
enséñame a prenderme en tu mirada
y acostarme en el silencio
de mis noches solitarias.

domingo, 10 de abril de 2011

Celosa

¿Dónde duerme la muerte,
y quién la despierta y la sobresalta?
Acecha cuando abrimos los ojos
y prepara en sus labios un beso
Es celosa, la muerte,
que no nos deja poseer la vida
Es envidiosa, la muerte,
porque podemos amar lo que ella odia

Ilustración: Blanca Rodríguez G-Guillamón

viernes, 8 de abril de 2011

Palabras con amor

Marisa miró apenada a su abuela. La acercó a la ventana del salón y descorrió las cortinas.
–Hace un buen día. ¿Quieres salir conmigo a la terraza?
La mujer no contestó en el momento. Observó el cielo sin nubes y sonrió. No obstante, su respuesta fue negativa.
–¿Quieres ver la televisión?
Negó una vez más con la cabeza y Marisa se rindió. La dejó sola frente al cristal y regresó a su habitación para airearla, cambió las sábanas y recogió la ropa del día anterior. Luego hizo lo propio con el dormitorio de su abuela. Cuando llamaron a la puerta, se disponía a preparar la comida. Era Alberto, su mejor amigo.
–¿Te vienes a la playa? Juan se ha encargado de reunir a los demás.
–No puedo –se apoyó en el marco de la puerta y se cruzó de brazos –. ¿Has olvidado que no soy tan libre como vosotros?
–¿Lo dices por tu abuela?
Marisa asintió con un gesto mudo y le señaló la caja de congelados que tenía en la mano.
–Tengo que hacer la comida. Así que adiós. Pásalo bien por mí.
–No te enfades. Si quieres me quedo a ayudarte. No me importa perderme un día de playa.
–Sí, qué divertido –murmuró con ironía.
Alberto entró en la vivienda y fue directo a la cocina, ante la mirada de resignación de su amiga.
–¿Con qué te ayudo? ¿Me encargo yo de la ensalada?
–No, mi abuela no come ensalada y yo tampoco. Pero Alberto, no tienes por qué quedarte, te lo digo en serio. No me importa si vais a bañaros; lo que pasa es que me gustaría poder ir con vosotros. Es eso, nada más.
El chico asintió y salió de la cocina.
–Voy a saludar a tu abuela.
–No le gustan las visitas.
Él se encogió de hombros mientras desaparecía y Marisa maldijo por lo bajo su mal genio. Se recogió el pelo en una coleta y se puso manos a la obra. Abrió la caja, sacó los palitos de merluza, encendió la freidora, preparó la mesa, conectó la radio y se distrajo hasta tal punto que no se dio cuenta de que Alberto no regresaba. Su madre la llamó para saber cómo iba todo y le avisó de que aquel día no podrían ir a almorzar ninguno de los dos.
–¡Abuela, mamá y papá no vienen hoy! –gritó.
Aunque no esperaba respuesta, le extrañó oír más ruido del habitual. Parecía que se había abierto una ventana, porque las campanillas de la terraza titilaban por la corriente. Marisa cerró la de la cocina y se acercó para comprobar qué pasaba. Cuando llegó, encontró que la silla de ruedas de su abuela estaba vacía. Asustada, porque ella no se levantaba más que para ir al baño, comenzó a llamarla a voces.
–Estamos aquí, Marisa –contestó Alberto desde la terraza.
–¡Alberto! –recordó de repente.
Salió a la terraza y encontró a su abuela cogida del brazo de su amigo y recogiendo flores. Caminaba lentamente por la falta de costumbre, pero con una mirada de felicidad. Alberto le sonrió a su amiga.
–Tienes una abuela encantadora.
–¿Qué haces? Ella nunca se levanta de su silla y, mucho menos, sale a la terraza.
–Ya ves que sí.
Marisa respiró hondo. Volvió a entrar en la casa y, al poco, volvió a aparecer con una bandeja y comida para los tres. Escuchó, mientras lo dejaba todo en la mesa pequeña, cómo Alberto se dirigía a ella con paciencia.
–¿Quiere que nos sentemos a almorzar aquí afuera? Venga, seguro que le gustará. ¿Hacía usted picnic cuando era más joven? Seguro que era una magnífica cocinera.
La anciana asintió, despacio, y se encaminó hacia su nieta. Se sentó en una de las sillas, cogió la cuchara y la hundió en la sopa. Esperó a que los dos jóvenes se sentasen y comenzó. Alberto le dio una caricia a su amiga y le susurró por lo bajo.
–¿Has probado a decirle las cosas con amor?
Marisa observó a su abuela; no recordaba haberla visto tan contenta en mucho tiempo. La besó en la mejilla, sin recordar la última vez que lo había hecho, y se alegró de no haber bajado a la playa con los demás.
–Hoy estás muy guapa, abuela –le confesó al oído.


Mis siete sentidos (III): Olor a sal

Se descalzaron en la orilla. Cristina exclamó al sentir el contacto de la arena fría. Sabía que el sol había iniciado el descenso, porque había dejado de picarle la piel.

–¿Queda gente? –le preguntó a Alberto.
–Tres o cuatro grupos de adolescentes.
–¿Está Gema? A ella le encantaba venir a la playa en el crepúsculo. Solíamos jugar a rebozarnos como croquetas en la arena y luego, cuando el sol era un guiño del mar, nos lanzábamos en picado al agua.
Cristina sonreía, aunque con un deje de nostalgia en el tono de su voz. 
–¿No está ella?
–No. Gema dejó de venir cuando os distanciásteis.
–¿Por qué?
Pero su pregunta quedó en el aire. Alberto echó a andar de la mano de ella, que trastabilló sorprendida. Hacía ya un año que Gema y ella habían dejado de hablarse. De vez en cuando, Cristina  la llamaba, pero ella, o bien le colgaba, o bien le pasaba el teléfono a su hermano, a Alberto.
 Cristina lo detuvo y se abrazó a su cintura.
–La echo de manos –confesó, apagada por el giro brusco de su humor.
Retomaron el camino, desviándose instintivamente hacia el mar, hasta que las olas les mojaron los pies. Cristina retrocedió y se alejó hacia la arena seca, y Alberto se percató de lo absurdo de su comportamiento.
–Lo siento –se disculpó, alcanzándola –. Es que me incomoda la situación. No me gusta cómo se tomó lo de tu accidente.
–No importa. Entiendo.
Hacía viento, y las olas rompían con estrépito. Los pescadores retiraban la carga sobre cajas de maderan y empujaban la barca para sacarla del mar. Cristina prestaba atención a sus gritos y sonreía cuando reconocía la voz de alguno de sus vecinos.
–Tengo curiosidad –dijo Alberto.
–Tú dirás.
–¿Qué es lo que más te gusta del mar?
–Antes me gustaba especialmente su color. Es magico... me hechizaba el vaivén de su oleaje. Me daba la impresión de que estaba tan vivo que esas olas eran las palpitaciones de su corazón –se encogió de hombros y dejó entreveer una sonrisa tímida –. Igual suena un poco cursi.
Alberto aprovechó para darle un suave empujón.
–Tú eres cursi.
–¡Vaya! Gracias.
Se cruzó de hombros sobre el pecho y se rió, antes de preguntarse y responderse a sí misma:
–¿Y ahora? Ahora prefiero su olor a sal.

miércoles, 6 de abril de 2011

Mis siete sentidos (II): Tus ojos y mi piel

Alberto arrastró su mano hasta alcanzar la de Cristina y entrelazó sus dedos. Ella yacía serena sobre la hierba, con los brazos desnudos y los ojos cerrados. Hacía calor y el sol brillaba después de una semana lluviosa. La soñoliencia hipnótica que producían los destellos del lago y el aroma de las flores recién nacidas les mantenía en silencio.

–Es agradable –dijo Alberto, después de un tiempo–. ¿Estás cómoda?
–Mucho. Echaba de menos el sol.

Él le sonrió y se giró sobre su costado. La contempló, deteniéndose en cada una de sus facciones, y le colocó un mechón revoltoso tras la oreja.
–Los áboles están rosas –dijo él, acariciándole la mejilla –. Muy rosas. De un rosa tan fuerte que hasta duele. Sus flores son pequeñas, y tan rosas, que es bonito el contraste que se crea con la hierba. En ella ya no quedan hojas secas, y mucho menos escarcha, pero la cubre un manto salpicado de amarillos y blancos. El cielo está azul, sin una sola nube, y el sol brilla, y quema.
Cristina se rió en silencio.
–El aire es cálido –añadió ella –. Cálido y fresco.
–¿Cómo va a ser cálido y fresco?
–Lo es.
–No puede ser dos cosas contrapuestas a la vez.
–No lo son.
Cristina respiró hondo y, aunque sabía que Alberto esperaba una explicación, la retrasó unos segundos.
–El color rosa no puede doler –dijo –. Tú sientes con la vista, yo siento con la piel.

martes, 5 de abril de 2011

Mis siete sentidos (I): La caja de música

–¡Feliz cumpleaños, Cristina! –gritó un joven desde la puerta de la habitación.

La chica se revolvió entre las sábanas, se estiró para desperezarse y se sentó en el borde de la cama. Bostezó con sueño y se frotó los ojos.
–¿Qué hora es? –preguntó confundida.
–Las nueve de la mañana –le respondió el chico.
Cristina sonrió tímidamente.
–Hoy es mi cumpleaños –murmuró.
–Sí. Y que no se te olvide que he sido el primero en felicitarte.
–No se me olvidará, muchas gracias –dijo riendo.
Se oyeron unos pasos en el pasillo y, al poco, apareció una mujer por la puerta con los brazos muy abiertos.
–¡Mi pequeña, felicidades! –exclamó, apresurándose a abrazarla–. Mi hija es toda una mujer de dieciocho años.
Su madre se sentó a su lado y le tomó la mano. Miró a Alberto y asintió, sin dejar de sonreír.
–Espera fuera y en seguida te la pongo guapa.
–¿Ya tengo que vestirme? –se quejó Cristina, bostezando de nuevo.
–No querrás salir al jardín en pijama, digo yo.
–¿Al jardín?
–Es cosa de Alberto, así que venga, cámbiate.
En la cocina había un pastel de chocolate y bollitos de nata y mermelada. Alberto llevó a Cristina de la mano hasta allí y la ayudó a sentarse.
–Huele a la pastelería de Almudena –dijo Cristina, encantada.
–Conseguí la receta apesar de todas su protestas –añadió su madre, orgullosa–. Pruébalos, querida. A ver qué te parecen. Tú también, Alberto.
El chico le pasó un bollito de nata a Cristina y cogió otro para él.
–¡Delicioso!
–¿De verdad te gustan, hija?
–Están buenísimos. Podrías ayudar a Almudena en la tienda.
–No creo, por ahora tengo bastante en mi trabajo.
Cristina se encogió de hombros y le pidió a Alberto otro de mermelada.
–¿Es mermelada de frambuesa?
–De fresa, creo –contestó el joven acercándole la bandeja–. Aquí tienes.
Una vez acabado el desayuno, su madre subió a las habitaciones para ordenarlas.
Alberto le pasó el brazo por la cintura a Cristina y la guió hasta la entrada.
–¿Preparada para recibir mi regalo?
–¿Está en el jardín?
–Digamos que he buscado un sitio romántico para entregártelo.
Cristina se rió y se acercó más a él.
–Adelante –le dijo sonriendo.
Los rayos de sol cayeron sobre en ellos como una tormenta de luz. Se hacía evidente la cercanía del verano.
–Qué día tan agradable –comentó Cristina, alzando la cara hacia el cielo.
–Por supuesto: es tu cumpleaños.
Alberto la llevó hasta uno de los bancos del jardín.
–Prefiero sentarme en el suelo –replicó ella.
–Ningún problema...
El chico se sentó él a su lado, envueltos por el suave perfume de las flores. La observó en silencio, percatándose del sonrojo de sus mejillas. El sol la iluminaba de tal manera que parecía un ángel. Se acercó para acariciarla y deseó que, aunque solo fuera por un momento, sus ojos despertaran de la oscuridad a la que estaban sometidos. Miró en derredor y le sobrevino una punzada de dolor. Ella nunca contemplaría aquella belleza. Apretó los labios y cerró los ojos para no pensarlo. Entonces sintió que las manos de Cristina avanzaban indecisas por su cara.
–¿Qué te pasa? –le preguntó ella.
Alberto cogió sus manos y las besó.
–Nada. Estaba pensando en lo mucho que te quiero.
Cristina sonrió.
–Toma mi regalo, Cristina. Tiéndeme tus manos.
Ella las acercó hacia él. Alberto rebuscó un objeto dorado con pequeñas gemas incrustadas. La joya destelló.
Cristina palpó lentamente, sin dejar resquicio. Encontró un pequeño saliente y lo empujó. La cajita se abrió entre sus manos y comenzó una dulce melodía.
–¡Una caja de música! –exclamó.
Alberto se acercó aún más a ella y la mantuvo unos instantes bajo la protección de su abrazo. Él había compuesto la música, inspirado en ella. Cristina apoyó la cabeza en su hombro y apretó los labios. Era una melodía tan triste y hermosa a la vez... no pudo contener una lágrima. Estrechó el regalo contra su pecho y secó sus mejillas.
–Gracias.
Alberto sentía un dolor hondo cuando Cristina sufría por no ser como los demás. Pero él la quería así. Apretó su mano con cariño y se acercó a su oído.
–Te quiero, tal y como eres.
–Pero yo...
–Tal y como eres –repitió.

lunes, 4 de abril de 2011

(Paréntesis musical)

En la barra de vídeo que hay a la derecha de las entradas voy a ir publicando cada semana una nueva canción. Quizá muchas de ellas ya las conozcáis, o tal vez no, pero sea como sea espero que os guste la selección.

Ya publicadas:

1. Siempre (Mago de Oz)
2. Por verte sonreir (La Fuga)
3. I believe in you (Celine Dion, Il divo)
4. At the beginning (Donna Lewis, Richard Marxs)
5. Just the way you are (Bruno Mars)
6. Smile (Uncle Kracker)
7. Arráncame el corazón (Maná)

Dedicatoria al futuro:

Al futuro, que prohibió la realización de miles de sueños, que prometió las riquezas que nos negaron el pasado y que nos dedicó, en la infancia, un soneto de sonrisas. Al futuro, que cerró los ojos del vidente e hizo tropezar al ambicioso; que besó las palmas de nuestras manos y creimos vislumbrar frutos dulces y ninguno amargo. Al futuro, que no se cansa nunca de engañarnos y camina siempre a nuestro lado prometiéndonos que el presente es el cuento de a quienes no amaron.

domingo, 3 de abril de 2011

¡Qué bello!

¡Qué bello es soñar!...cuando los sueños lo permiten

Ilustración: Blanca Rodríguez G-Guillamón.

sábado, 2 de abril de 2011

Sin miedo a soñar

Me gustaría contarte miles de secretos y encerrar mis sueños en el cascabel, para no olvidar que no le habré ganado la batalla a la vida hasta que su sonido no se traduzca en un silencio. Mi sonrisa es el regalo de quienes me aman y por eso no puedo retenerla en mis labios. Aunque muchas de mis palabras se traduzcan en lágrimas, prefiero llorar de alegría que por los errores que no prometen austeridad. Hace tiempo que no dejo de soñar y por eso, construyo sin miedo mi realidad, con pequeños suspiros y miradas que desmienten la mudez de tu corazón. No espero que lo entiendas, porque nunca lo sabrás. Sólo quiero que amanezcas y no tengas que pensar, que descorras las cortinas del sueño y beses por última vez el cuerpo desnudo del dolor. Quizá no haya nada que nos ampare, pero recuerda que la noche nos protege de la oscuridad y la mañana del sol. Abandónate en los brazos de la esperanza y ahórrate las lágrimas. Ahora sólo tienes que atreverte a volar.