¿Te atreves a soñar?

jueves, 4 de agosto de 2011

Cara y cruz

Eliminó cualquier conversación que pudiera comprometerlo y volvió a contemplarse en el espejo del motel. No le faltaba nada. Había planchado uno de sus mejores trajes de etiqueta y se había peinado su melena rizada hacia atrás. Le guiñó un ojo a su reflejo y recogió el maletín negro que le acompañaba a todas sus citas.

Ella lo esperaba donde siempre, en la entrada de uno de los restaurantes más pintorescos de la ciudad. Se ocultaba en una de las calles paralelas y era pequeño, por lo que no atraía especialmente la atención. Habían reservado la mesa de siempre, lejos de la ventana, y el camarero les atendió nada más tomaron asiento.

El hombre parecía satisfecho y no dejaba de sonreirle. Ya había disparado algunos de sus primeros piropos, aunque ella no había abierto los labios, ni siquiera le había devuelto la sonrisa. Intuyó que debía estar preocupada por el tema que tantos problemas parecía acarrearle ultimamente y decidió pasar a la acción. Se inclinó un poco sobre la mesa, para no tener que alzar la voz.
–Ya está todo solucionado. Anoche hablé con él y le advertí de que como volviera acercarse a ti se las tendría que ver conmigo. Ese cabrón no volverá a molestarte.

Ella sostuvo su mirada en silencio. Luego acercó la copa de vino a sus labios.

–Me dijo que necesitaba desahogarse con alguien... y ya sabes que últimamente vuestra relación pende de un hilo. Está enfadado, es lógico que te culpe de todo.
–Pero no tiene sentido nada de lo que me dice. Desde que ocurrió no volví a hablar con nadie del tema. Tú lo sabes, a ti siempre te dije que era mejor dejar las cosas como estaban.
–Bueno... ya sabes que él es así. Se habrá enfadado por cualquier cosa y vuelve para joderte a ti.
–No sé, no tiene sentido. Me parece tan injusto...
–No le des más vueltas, no dejaré que te pase nada. Sabes que puedes contar conmigo para lo que necesites, ¿verdad? Créme que esta tontería también a mi me está empezando a calentar demasiado.

Se despidieron en la misma puerta del restaurante. Él había insistido en acompañarla hasta casa, pero ella lo disuadió con evasivas. Esperó hasta que hubo desaparecido, luego volvió a entrar en el local. Ocupó la misma mesa y sonrió cuando otro hombre hizo lo mismo en la silla de enfrente.

–¿Y bien? –inquirió la mujer al recién llegado.
–Es el momento de quemar su última carta, se acabaron las trampas. No me gustan las personas que juegan a dos bandas.
Ella asintió, satisfecha.
–Ya era hora de que te dieses cuenta de que también los "amigos" pueden traicionarte –murmuró, entrecomillando la palabra amigos con los dedos.

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