¿Te atreves a soñar?

viernes, 30 de septiembre de 2011

A las puertas de la vida

¿Que cómo la conocí? Oh, ya querrían ustedes una historia similar a la nuestra. Ella era una mujercita de ciudad, toda adornada con joyas y de una educación exquisita. Era atenta y graciosa... y bella. Era muy bella. Tenía dos grandes ojos azules que llamaban descaradamente la atención, el pelo azabache y rizado, y unos labios suaves e infinitamente rojos. Soñaba con casarse con algún hombre aventurero que la llevase a la India y a América, como sucedía en sus novelas de romances. Ella quería abrazar el mundo, quería abrazarlo y ahogarse en él.
En su decimoctavo cumpleaños la conocí. Sus padres habían organizado una fiesta en uno de los locales más caros de la ciudad. Mientras yo paseaba por allí, tratando de evitar los bares y emborrachado de problemas por una mujer difícil, ella salió a tomar el aire, sonrosada por el calor. De su mano iba un joven de edad similar a la suya, que trataba de ganarse sus labios mientras sus ojos la recorrían con deseo. Ella, coqueta, fijaba su mirada deslumbrante en la de él y reía con exageración cada una de sus palabras... hasta que reparó en mi presencia. Sus grandes ojos azules se detuvieron en mi camisa remangada, en la pluma que guardaba tras la oreja y en mi cuaderno de viajes. Debí parecerle un doble de Indiana Jones o de algún vaquero del Oeste, porque rechazó a su acompañante y se dirigió hacia mí, fascinada.
–Perdona, ¿es aquello un diario?
Sus palabras atravesaron mis pensamientos como un aguijón traicionero y, al mirarla, me reí de lo absurdo de la situación. Sí, era un cuaderno de viajes. Miles de letras y sueños, capítulos enteros de mi vida. ¿Y a quién le importaba? Yo era el único que leía una y otra vez sus historias, al único al que le interesaba lo que contenían sus tapas de cuero. Y recordé, recordé de nuevo la sonrisa desencantada de Mariam y sus bostezos discretos cuando yo le hablaba de él. Apreté la mandíbula y reanudé el camino, pero ella volvió a insistir.
–Cuéntame, por favor. Cuéntame hasta dónde has viajado y cómo son todos esos lugares.
Se aferró a mi brazo y me guió hasta un banco y entonces me hechizó con su mirada. Era hermosa, nadie podría negarlo, pero la belleza que me cautivó no fue la de sus ojos claros, ni su pelo, tampoco sus labios rojos o su gracia. Algo vi en aquella mirada que logró aliviar mi tormento.
De modo que, casi sin darme cuenta, me descubrí hablándole de Roma, de las dunas brillantes del desierto y de la nube húmeda del Amazonas. Y ella me escuchaba, a veces con los ojos abiertos y otras con los ojos cerrados. No sé cuánto le conté y si le revelé todos los secretos que el mundo me había confesado. No recuerdo cuántas páginas le leí, ni cuándo se apagaron las farolas. Sé que ella se apoyó en mi hombro y se quedó dormida, que salieron a buscarla sus amigos y que yo impedí que la despertaran. Si soñó con mis palabras no puedo confirmarlo, pero sé que aquella noche ella revivió mi alma y yo consolé la suya.
Cuando despertó, se desperezó y me dijo algo, luego me besó y se marchó. No corrí para alcanzarla, porque sabía que no debía hacerlo. Me mantuve muy quieto en el banco, con el cuaderno abierto sobre las rodillas y aquel beso aún quemándome en los labios.
A partir de entonces, muchas veces me he debatido entre si fue un sueño o realidad, pero mientras tanto seguí adelante, olvidé a Mariam y empecé de nuevo. No volví a ver a esa chiquilla tan bella, pero en mi cuaderno de viajes escribí sobre aquel encuentro. Hablé sobre sus ojos azules y sus labios rojos, hablé sobre aquel beso y hablé sobre su alma inocente, que curó todos mis miedos. Si hasta entonces había estado muerto, el azar me condujo hasta las mismas puertas de la vida.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Donde ella puede encontrarnos

El mar se extendía inmenso, cosiendo de punta a punta el horizonte. Rugía a cada bocanada de aire mientras el viento helaba la carne. Sólo el mar, el sol y el cielo. Una melodía de luces y sombras, apacible y sublime. Una cadena de colores, olor a sal y una sonrisa satisfecha. Nadie puede más que la Naturaleza... después de todo, siempre acabamos escodiéndonos donde ella puede encontrarnos.


lunes, 19 de septiembre de 2011

Pálpito de versos

I.

Porque sois tan bellos,
porque engrandecéis los suelos,
porque sois bandera y cobijo,
porque sois, y seguís siendo,
porque resistís los inviernos
y adornáis las primaveras,
porque habláis en silencio,
y porque sois mis bosques
por todo eso, yo os quiero

II.

Cuando abro los ojos,
mis manos dejan de acariciar tu espalda
y mis labios dejan de besar tus labios
Mis ojos dejan de encontrarte
y tu corazón se enfría y congelas la mirada
Cuando abro los ojos,
y aún ahora cuando te veo,
no puedo evitar acordarme
de cuánto te he querido
y cuánto aún te quiero

III.

Hoy sé que no debo pensarte,
que es mejor olvidar
que morir soñando,
que no crecen amapolas
en los cielos helados
Hoy sé que un día te fuiste,
a un lugar oscuro y amargo,
que soltaste una carcajada
que lloré un par de lágrimas
que sonó el eco en mi garganta
Y pensé lo que ya sé,
que hoy no debo pensarte

martes, 6 de septiembre de 2011

Una vez más, de nuevo

Háblame, con esos ojos inquietos
que miran hacia el infinito
Háblame, con esos labios tan tiernos
capaces de quemarme la piel

Por favor, no rompas a llorar
ni quieras cubrir el sol con tu sonrisa
Eres aún más grande que el mar
si cabe, lo eres aún más que el cielo

Cree en ti, porque estás preso
No tengas miedo, no temas,
que el tiempo es el tiempo
y nunca nadie murió por amar de nuevo

viernes, 2 de septiembre de 2011

Fue un instante

Fue absurdo, absurdo y sincero,
como cuando se arrancan los pétalos de una flor
Fue quizá el suspiro de los miedos,
o el corazón cansado de llorar
Se cruzaron nuestros sueños
en una mirada mezcla de sorpresa y curiosidad
Y entonces, ni el cielo ni las palabras
fueron capaces de hacernos olvidar
Fue un momento efímero
como un beso robado de los labios
o una sonrisa de plena felicidad
y, sin embargo, ahogaron todas las lágrimas
Fue un oasis en esta tierra de perdición
Fue un instante, tan solo un instante,
y ya ves, aqui estoy escribiéndote una canción