¿Te atreves a soñar?

martes, 23 de diciembre de 2014

Piernas dormidas

 Un hombre que se desplazaba en silla de ruedas me dijo que prefería quedarse en casa a tener que enfrentarse a todos los obstáculos de la calle, porque allí se sentía aún más limitado que entre las paredes viejas de su piso. En aquel momento pensé que le faltaba ilusión, me pareció que prefería adormilarse lo que le quedaba de vida que disfrutarla en la medida de sus posibilidades.
No fue hasta que me quedé clavada en una pierna cuando entendí lo que supone el hecho de no poder andar. De repente los caminos se te hacen más largos y te sientes vulnerable. 
'No andar' no es sólo 'no andar', también es 'madrugar para llegar temprano a los sitios, porque te cuesta el doble las actividades cotidianas', 'sentir que sólo te quedan la mitad de buenos amigos de los que pensabas' y 'luchar cada desplazamiento porque contigo van un par de muletas o una silla de ruedas'.
Aquel hombre me dijo que ya no viajaba, o que intentaba hacerlo lo menos posible. Me apenó que sus piernas dormidas le frustrasen los sueños. 


Fotografía: Rob

A veces sólo se entienden las cosas cuando las sufres (otras veces no). Pero, ¡qué importante es la empatía!
Me pasearon por la sala de espera de la estación en busca de un asiento libre. La situación era cuanto menos curiosa: una joven con dos maletas sobre el regazo (que le alcanzaban la altura de los hombros) en una silla que empujaba una mujer del servicio de ayuda a personas con discapacidad (quedaba claro en su chaleco) que, a la vez que tiraba de su peso, arrastraba otra maleta con la mano derecha.
Los pasajeros observaban las idas y venidas como si se tratase de un partido de tenis. Silla aquí, silla allá. Al fin, nos detuvimos junto a una joven. ¡Un hueco entre todas aquellas personas que volvían a casa por Navidad! La mujer que me atendía puso el freno y dijo que me sentaría allí. Entonces, la chica que ocupaba el asiento contiguo puso la mano y dijo: “Está ocupado”. No retiró el brazo del hueco libre hasta que nos marchamos.
–Has visto, ¿no? –me dijo la mujer que me empujaba–. Todos te están viendo y nadie te deja un sitio. Están viendo que no puedes andar y ninguno se mueve para ayudarte.
Miré mis piernas con vergüenza. ¿Qué podía contestar? Sólo agradecí que mi situación fuera temporal.
Cuando la maleta de alguien colisionaba con una de las ruedas, tiraban con el ceño fruncido y se molestaban. Una señora, incluso, le dio un empujón a la silla cuando su chaqueta se quedó enganchada en uno de los manillares y me miró con enfado porque quería alcanzar pronto la puerta de embarque.
Cerca de la sala preferente encontramos un asiento libre.
Cuando me quedé sola, el chico que tenía al lado se quitó los auriculares.
–¿Qué te pasa?
Me sobresalté y le respondí que fue un accidente absurdo.
–¡Menos mal! Te he visto y se me ha caído el mundo encima. He pensado: una muchacha tan joven... Me moriría si no pudiera andar el resto de mi vida. Tiene que ser tan difícil, insoportable. Si necesitas cualquier cosa, dime. Cualquier cosa, yo te ayudo.
Me esforcé en que no se me desencajase la mandíbula por el asombro.
No pude evitar escuchar la conversación de aquel chico, que tenía un año menos que yo, con la joven que tenía a su otro lado. Era militar de la brigada paracaidista. Le contó que en su sueldo se contemplaba un plus por peligrosidad, porque en cualquier caída podían perder las piernas. 

jueves, 11 de diciembre de 2014

Crecer con TDAH

El Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad o TDAH es un trastorno del comportamiento de origen neurobiológico cuyos síntomas más característicos son la falta de atención, la impulsividad y la hiperactividad.

Se trata de un tema que ha generado (y genera) gran debate en cuanto a su diagnóstico y tratamiento. En algunas ocasiones incluso se ha hablado de una enfermedad de moda pero, ¿realmente lo es?

En este documental, 'Crecer con TDAH', conoceremos la experiencia personal de dos hermanos y la apuesta que hace la Asociación TDAH Sarasate por el tratamiento psicoeducativo.

Lo hemos trabajado con gran ilusión. Espero que os guste:




Para conocer más sobre el TDAH: http://solidariosdoc.wordpress.com/category/tdah-sarasate/

Para conocer más sobre la Asociación TDAH Sarasate; http://www.tdahsarasate.com/



lunes, 24 de noviembre de 2014

Toulouse Lautrec: herido de muerte

A Toulouse Lautrec le fascinó la noche de París. Había nacido en una familia aristocrática y, si no hubiera sido por su fragilidad física, quizá sus obras habrían sido muy distintas. Se crió en el campo, en el Castillo de Albi, pero su refugio fue el Moulin Rouge de París.

Henri Marie Raymond de Toulouse-Lautrec tenía todas las cartas para ser un “don nadie”. Tenía un apellido aristocrático y creció rodeado de comodidades, pero su padre le rechazó desde la infancia. Le desagradó su debilidad y, más adelante, también su ocupación como pintor de los bajos fondos de París. 

Nació el 24 de noviembre de 1864, hace 150 años, y pasó su vida buscando un amor con el que superar sus miedos. Lo encontró en la noche: en sus luces, sus deseos, en las bailarinas del Moulin Rouge y en el alcohol. 

Dance at the Moulin Rouge, por Toulouse Lautrec

Su pintura, enmarcada en el postimpresionismo, fue reflejo de sus anhelos. Envidiaba las piernas fuertes de las bailarinas y las representaba siempre largas, ligeras. A las demás figuras, sin embargo, trataba de ignorárselas y las escondía debajo de las mesas o fuera de encuadre. Él había sufrido una rotura de fémur en cada pierna y eso limitó su crecimiento.

Toulouse Lautrec, pseudónimo que adoptó por orden de su padre, que aborrecía que relacionasen su apellido noble con su inmersión en el mundo nocturno, me parece un artista emocionalmente contradictorio. Se esforzó por superar sus límites y no se rindió cuando su progenitor le retiró la herencia y le rechazó oficialmente. Pero trató de aliviar su dolor en los burdeles y ahogándolo en alcohol. Vivía herido de muerte. 

El joven Toulouse, que falleció a los 37 años, es uno de los grandes artistas de finales del siglo XIX, pero sufrió tanto... Si tuviera que elegir las palabras claves de su vida, no dejaría de mencionar a su familia porque fue su trampolín del arte y su tormento. Su madre le apoyó hasta el final, pero le pareció que su padre nunca le quiso. Padecía dolor agudo en las piernas, pero la mayor estocada, estoy segura, se la dieron en el corazón.

In Bed: The Kiss, por Toulouse Lautrec


miércoles, 15 de octubre de 2014

Amar es una aventura

Hoy leí uno de los artículos de enumeraciones que te saltan en Facebook. De esos de “10 cosas que solo harías cuando tienes veinte años”, o “10 cosas que solo la gente torpe entiende”... Bueno, pues el que me apareció a mí era “10 cosas que te ocurren cuando tienes un novio nuevo”. NUEVO, ¿eh? Atención, recalco: un novio nuevo.
Pues me pareció curioso saber qué se supone que pensamos cuando tenemos “un novio nuevo”. Y la cosa empezó graciosa con el primer punto:

1. Despertarás a la mañana siguiente y pensarás: “¿Tengo pareja? ¡TENGO PAREJA!”.

Me imaginé la escena y me reí. Bueno, el amor es todo una aventura, así que sus inicios son cuanto menos apasionantes. Pero al pasar al siguiente punto solté un lastimoso “no...”. No, no, no. Eso no es así. Eso no debería ser así. El número dos decía:

2. Decir “hola” y “adiós” con un beso te hará sentir en la cima del mundo.

No... ¿Solamente vamos a sentirnos en el infinito cuando tenemos “un novio nuevo”? No, no. Deberíamos sentirnos especiales con cada saludo y cada despedida, llevemos uno, quince o cincuenta años. Si es lo más bonito: sentirse único para otra persona. ¿Solo al principio? Pues entonces, perdona, pero no le veo futuro a vuestra relación.


Pero bueno, oye, que solo vamos por el segundo punto y quedan muchos... Igual la cosa mejora.

3. No hay silencios incómodos, solo momentos en los que disfrutas en silencio de la presencia del otro.

Vaya, la cosa no mejoró con este...

4. Mirarás la foto de perfil de tu novio y pensarás: “¿Cómo tuve tanta suerte?”.

Ya no es que mires a la persona a la que quieres (o te gusta, porque es “un novio nuevo”) y te sientas afortunado. Y que suspires con su mirada, con la forma en que respira, con sus labios... No, no, ya ni eso, ahora es su foto de perfil. Una instantánea: ni un esbozo de todo lo que la otra persona realmente es.

5. Tus padres siempre tendrán sus pensamientos acerca de tu “nuevo novio”.

Tus padres, sea nuevo o no, tendrán una opinión. El problema sería más bien que no pensasen nada... Si te quieren, es irremediable que les interese lo que te rodea.

6. Tu novio y tú estaréis cogidos de la mano todo el tiempo.

Cuando coges la mano de alguien a quien quieres, puedes sentir muchas cosas. Puedes sentir que te apoya, o el cariño, o su calor. ¿No es bonito ver a dos ancianos que se dan la mano? Y digo ancianos porque es un gesto que no debería perderse nunca. Es importante que sintamos que no estamos solos.

7. La vida parecerá más colorida de lo habitual.

Amar es algo inmenso. El amor está lleno de colores: amarillos, rojos, azules, negros. El amor no es eternamente perfecto, pero ojalá le pongamos color todas las mañanas y no solo las primeras. Sin ilusión, se marchita todo.



8. Hablaréis por mensaje de todo, incluso de las cosas que no tienen ningún sentido.

¿Y solo con “un novio nuevo”? ¡No, por favor! Riámonos, bailemos con la vida. Y si hay confianza, con más razón. Pero no solo por mensaje. Las conversaciones, cuanto más largas mejor. Pero si todas fueran profundas, acabaríamos agotados con veinte o cuarenta años. ¿Imaginas? Llegas del trabajo cansado y tu pareja te recibe preguntándote por el sentido del Universo. Hombre... Pues habrá días que sea lo propio y días que no. Hay que divertirse, incluso decir lo primero que se nos viene a la mente. No hay que calcular cada palabra.

9. Ahora que estás en una relación te sentirás un poco más madura.

Bueno... Entonces con el novio anterior no eras madura, pero con este nuevo sí. La madurez no está en comenzar una relación, ni siquiera te la da el tenerla. Se puede tener pareja y ser un inmaduro. Si no, probablemente se romperían menos relaciones. Pero sí es verdad que el conocer a otra persona y decidir quererla, conlleva un compromiso. El compromiso de dejar a un lado tu propio egoísmo y mirar a la otra persona tal y como es, y no como tú quieres que sea.

10. Y finalmente, los dos estaréis nerviosos y emocionados por lo que os espera en un futuro.

Este sí es un buen final. Amar es una aventura. Pero que ese nerviosismo, esa chispa de ilusión, no se pierda con el paso de los años. Que si te parece que te has acostumbrado a tu pareja, y que te aburre, que ya no es ni la mitad de lo que era, míralo de nuevo. Míralo dos veces y mírate también a ti. Cómo despertar ese nervio solo lo sabe cada pareja. Saliendo a pasear, yendo al cine, cenando... A veces pensamos que la única solución para recuperar la ilusión es “un nuevo novio”, cuando en verdad hemos sido nosotros quienes hemos dejado que el amor se durmiera.


Imágenes: Alba Soler

lunes, 13 de octubre de 2014

Un poco niños

Cuando eres un niño, tus sueños son tan grandes como capaz seas de extender los brazos. Pregúntale a un niño que mida lo abstracto, y te dirá “así”, con los brazos abiertos y esforzándose por estirarlos aún más. Para ellos todo es posible. Da igual que sea difícil, ellos creerán que pueden lograrlo. 


A Disney le han echado la culpa de que las niñas sueñen con príncipes azules y a las Barbies, que quieran tener un cuerpo perfecto. Pero, ¿por qué? Si no es Disney, lo serán las comedias románticas americanas, o las canciones de amores realizados. Y si no es Barbie, lo será alguna modelo retocada. Siempre habrá algo para excusar nuestros sueños y que alimente nuestra insatisfacción. Pero es que Disney y Barbie, y todas esas películas y todas esas canciones, son los sueños de quienes los crearon. Quizá el problema no es de otros, sino nuestro. ¿Por qué no conocernos antes de seguir soñando?

Para que un deseo no nos destruya, hay que saber que hay “momentos” y “momentos”, que no siempre te va a hacer caso el chico o la chica que te gusta, ni las estrellas van a conspirar por ti cuando más lo necesitas (Paulo Coelho, el Universo a veces se despista). No siempre lo bueno espanta a lo malo, y la mentira puede corromper amistades.

Las personas no somos perfectas, pero “somos”, que no es poco. Así que sepamos cuáles son nuestros puntos fuertes y cuáles nuestros puntos débiles. Conozcámonos antes de que nos conozca el fracaso. Y si ya hemos caído, coloquemos esa piedra en un estante y sigamos andando.

Es mucho más fácil soñar cuando eres niño, cuando todo te parece infinito y puro. Pero podemos volver a ser niños que corren descalzos, sonríen sin miedo y estiran los brazos como si quisieran llegar al cielo.

Un adulto sueña distinto, por supuesto que sí, pero tiene la ventaja de conocer la parte más racional del camino. Ser prácticos no es un límite, es una oportunidad. Las metas pueden ser gigantes; siempre somos un poco niños.

Imágenes: Alba Soler.


sábado, 20 de septiembre de 2014

Mis milagros


¿Cómo no me voy a sentir afortunada si a mi alrededor tengo a gente espectacularmente excepcional? Hace un tiempo dije que los amigos se cuentan con los dedos de una mano, pero los milagros se quedan cortos con los dedos de las dos.

Mis milagros son amigos, son familia y son personas que en algún momento decidieron asomarse a mi vida para hacerme cosquillas y enseñarme algo que me hiciera mejor. No voy a tenerles siempre. Los milagros son como las estrellas. Algunos permanecen por los siglos de los siglos y otros siguen viajando por la eternidad. Los milagros son únicos y valiosísimos. Qué poder tiene una carta, o una rosa, o una canción, o una risa.


Quiero agradecer a todos mis milagros que aparecieron alguna vez, y especialmente a los que estos días me han sacado una sonrisa tras otra. Gracias a los que seguís aquí y buen viaje a los que se tienen que marchar.

domingo, 31 de agosto de 2014

Una carta para ti


Querida amiga,

Espero que estés bien. Ante todo eso: que estés bien. Que el tiempo no haya arañado tu piel demasiado profundo y que tu corazón continúe en su sitio. Espero que tus sueños, esos que me contaste una vez, continúen creciendo, y que no se hayan secado. Porque no es fácil mantener ilusionada a la ilusión cuando despiertas, cuando te das cuenta de que los años pasan para todos y que no eres invencible, ni inmortal, ni tienes súper poderes.

Nuestros sueños tienen que aprender a ser amigos de la realidad, y tú sabes que eso no es sencillo. No es imposible, no, bien lo sabes, porque siempre uno trata de pisar al otro y eso crea rencillas que nos acaban sacando las lágrimas.

¿Qué fue de ese amor del que me hablabas? ¿Qué fueron de esos ojos que te arrancaban suspiros y de esas manos que nunca sabían si tomar las tuyas? Siempre fuiste un poco romántica. Me gustaba cómo describías a tu pareja ideal y cómo te entretenías en los detalles, asegurando que eran lo más importante. Un lunar, una peca, un color, una sonrisa... Tú eras de esas que tenían excusa para amar. Ojalá sigas amando, pero amando con locura, de verdad.

El tiempo pasa muy rápido, así que no trates de detenerlo. Entrena todos los días para seguir con aliento su carrera. Entrena aunque te tropieces. Nos quedan muchas caídas más y eso no importa. Aprende y vive. Grita también. Deja de pensar tanto en cómo puedes resolverlo, y hazlo. Te he visto solucionar problemas gordos y, aunque los que vengan sean peores, yo creo en ti.

Por mi parte, ya sabes cómo me va. Estoy aprendiendo todos los días a vivir.

¿Te sorprendes de que te escriba? Muchas veces pienso hacia atrás y me río de nuestros juegos, de nuestras risas, de las aventuras de la niñez y su inocencia. No te sorprendas. Desde que nos dijimos adiós en el último curso, he esperado que todo te fuera bien. No importa que no fuéramos amigas inseparables. Éramos amigas, y eso ya es muy grande.





martes, 26 de agosto de 2014

Echarse agua fría en la cabeza, ¿diversión o solidaridad?



Después de ver muchas caras conocidas, y no tanto, detrás de cortinas de agua helada, me pregunto si lo que comenzó como una campaña para llamar la atención sobre una enfermedad neurodegenerativa, continúa siéndolo o se ha convertido en un reto de diversión. 

La ELA, o Esclerosis Lateral Amiotrófica, es una enfermedad que provoca una parálisis muscular gradual. Empiezan muriendo las células del sistema nervioso y lo acaba haciendo el propio paciente, tras una parálisis total. La ELA no es para tomársela a guasa.

Stephen Hawking, el físico al que hemos conocido torcido en una silla de ruedas, es una de las personas que padecen esta enfermedad. Un cerebro brillante en un cuerpo paralizado. Así es la ELA. Un proceso lento que debilita los músculos y va reduciendo los movimientos, deteniendo la vitalidad, ahogando la alegría. A veces silenciándola porque ni tus brazos ni tu boca responden.

Mitch Albom hizo menos extraña a la ELA en su novela 'Martes con mi viejo profesor'. En ella habló sobre sus encuentros con Morrie Schwartz, un sociólogo al que admiraba y al que acompañó hasta el final, acercándose así a la enfermedad en primera persona. Es imposible no encogerse ante su pluma y ante su historia.

Y ahora la ELA salta de nuevo a los renglones de actualidad. O más que a los renglones, a los muros de Facebook, a los enlaces de Twitter o al mosaico de Instagram. Famosos que se empapan y nominan, amigos que sonríen a la cámara y retan a otros antes de lanzarse un barreño de agua fría.

Admiro a la gente que lo hace, porque el juego parece que despierta el gusanillo del “yo también soy capaz” y, mientras tanto, la campaña Ice Bucket Challenge crece y crece y más personas escuchan hablar sobre esta enfermedad. Pero admiro aún más a todos los que, echándose agua o no, dan un poco de lo que tienen por ayudar a la investigación. Un poco, lo que sea, pero algo.

sábado, 23 de agosto de 2014

Una fiesta monstruosa

Una fiesta monstruosa. De esas que te dejan los oídos vacíos de tanta música y una nebulosa en los ojos. Solo recordaba melenas en espiral y brazos levantados hacia las luces parpadeantes del techo. También el suelo lleno de cristal y la mirada perdida de las chicas con las que bailé. Y una cruz egipcia.

Era imposible que no hubiese estado entre la vida y la muerte aquella noche. Los ruidos mecánicos de la música a toda pastilla y las paredes que vibraban hasta hacer tintinear las copas. Aún sentía el cosquilleo de la adrenalina recorriéndome el cuerpo. Tenía flashes de aquel local oscuro que olía a tabaco y sudor.

No sabía si había besado a aquella rubia platino o a la morena de piercings. O a ninguna. Quizá la huella de carmín en sus labios fuera por alguna de esas tonterías que se hacen para llamar la atención.

Levanté la cabeza para ver pasar a la carcajada vestida de corto y a su amiga de plataformas gruesas. Las luces de la mañana nos desperezaba, o si acaso nos adormilaban más. Revelaban nuestras caras sucias y los ojos hinchados. Me apoyé en las escaleras donde había echado una cabezada e inicié a trompicones la vuelta a casa.

A la bella, que había bailado hasta cansarse en lo alto del escenario, llevándose consigo las miradas de todo el local, le había abandonado toda la magia de la noche y me entraron ganas de reír. No sé si lo hice o no, pero mi felicidad se acabó estrellando cuando la vi pasar. Esbelta y perfecta. La cruz egipcia en la muñeca de una joven que conocía.

Se detuvo delante de mí y pasó mi brazo sobre sus hombros. Si no fuera porque apenas podía caminar, no habría dejado que su cuerpo delgado hubiese arrastrado el mío hasta el portal de mi casa.

Espero que lo hayas pasado bien ‒me dijo, apretando el porterillo y dándose la vuelta‒. Yo sí lo he hecho.

No le contesté, porque me había pillado con la guardia baja. Tampoco se me ocurrían más que palabras huérfanas y dudo que mi lengua hubiera logrado articularlas.


jueves, 21 de agosto de 2014

Huelga de la alegría

Se sentía tremendamente sola. Todos le habían vuelto la cara sin darle explicación y nadie le había advertido que esas cosas a veces suceden. Se vistió con uno de los vestidos que había colgado sobre la silla de la habitación y salió a la calle. Creyó que allí dejaría de pensar, pero no sabía que la inquietud es amiga de las lágrimas y que tira de las comisuras hacia abajo. 
Cuando llevaba una hora deambulando, dando vueltas por todas las calles de su adolescencia, se dio cuenta de que la pena seguía abrazada a su pecho y a su garganta. Ni siquiera el ajetreo de una fiesta era capaz de robarle la pena, y decidió regresar. En el camino, no se dio cuenta de cómo una madre abrazaba a su hija, a la que no veía desde hacía meses, ni de que el mar murmuraba enamorado. No se dio cuenta de cómo el sol se despedía con su corona dorada, ni de que alguien la había mirado.

martes, 19 de agosto de 2014

Etérea


El hombre trató de besarla, pero ella se escabulló con una risa grácil y echó a correr entre los árboles. La luz de la tarde era fría, casi gris, y las hojas brillaban por los rastros de lluvia. La joven se abrazó a un tronco y se asomó con la gracia en los ojos. Su vestido blanco parecían alas vaporosas y ella, un ángel. Tan frágil, tan delgada, tan etérea. Él admiraba sus pasos y esa felicidad que la envolvía entera. Y quería sentir lo mismo, quería esa risa traviesa... La quería a ella. Quería, incluso, la melancolía de sus labios, que parecían sonreír a la vez que lamentarse.
El sol destelló al ocultarse y la muchacha tropezó, como si el último rayo la hubiese debilitado. Pero se deslizó con una carcajada y el hombre no pudo dejar de asombrarse. Su piel blanca, sus labios, sus ojos grandes... Y sus manos, su pelo revuelto. Movido por algún resorte, clavó la rodilla en el suelo y le extendió la mano. Inclinó la cabeza y esperó.
La risa de ella se extendió por su mano cuando la aceptó y se sintió príncipe de la doncella. Ella sonreía, coqueta.
“Ya eres mía”, pensó el hombre, con una satisfacción secreta.
Despacio para no asustarla, se aproximó a su rostro. Olía a jazmín y a lluvia. Acarició su mejilla y se lanzó a sus labios...
El príncipe había dejado de serlo. Cayó sobre la hojarasca, exactamente donde ella había estado unos segundos antes. Se le enrojeció la cara y sintió el vacío de golpe, como un puño seco. Se maldijo. Había subestimado a la inspiración.



Ilustración: Blanca Rodríguez G-Guillamón.
Técnica: Grafito.


sábado, 16 de agosto de 2014

Soñar como cuando éramos niños

Sofía y Laura se despegaron de sus padres a la carrera. Habían visto el arroyo donde el agua se bebía dorada y creyeron que esa mañana sus deseos se cumplirían de verdad. Las dos hermanas se habían acostumbrado a ignorar las advertencias de sus padres. Laura, la más pequeña, soltó un gritito al tropezar, pero al recuperar el pasó comenzó a reírse. Las envolvían los pájaros y el murmullo monótono de las cigarras, y el sol atravesaba las copas de los árboles con tanta fuerza que todo el camino parecía luz.

Con los vaqueros llenos de tierra y la respiración entrecortada, las niñas alcanzaron la fuente de piedra. En ese punto, tenían un ritual. Sofía arrancaba alguna hoja grande del suelo y la limpiaba en su camiseta, luego ocultaba con ella su rostro y murmuraba un deseo. Laura la imitaba, sin dejar de mirarla de reojo, y las dos introducían sus hojas en el agua brillante del manantial.

Decían que el agua era mágica porque en ella incidía especialmente el sol. Los rayos bailaban y saltaban, salpicando de fantasía la imaginación de las hermanas.

–Yo seré una princesa –aplaudió Laura–, y viviré en un castillo muy grande y muy bonito.

–Pues yo viajaré por todo el mundo –exclamó la mayor.

Las dos se rieron y aplaudieron, atentas a cómo sus hojas se unían a la danza de destellos.

Laura cerró los ojos y apretó los labios, con la sonrisilla jugueteando en las comisuras. Y Sofía, imaginándose en los colores de la India, en las playas de Australia o en la sabana africana, se puso a saltar con los brazos extendidos. El corazón les palpitaba con un sueño.

viernes, 1 de agosto de 2014

El amor es ciego


Diana estaba temblando. Se había dado cuenta de que él llevaba un rato observándola; sentado dos bancos más allá, con un periódico extendido y una media sonrisa. Ella sabía por qué la buscaba y tenía miedo. Se levanto bruscamente y echó a andar, pero comprobó por el rabillo del ojo que él la seguía sin dejar de mirarla.
Apretó el paso.
Se volvió varias veces.
Echó a correr. Resonaron sus tacones.
Él no se apartó de su espalda.
Diana vio cómo extendía el brazo para agarrarla, y gritó con todas sus fuerzas.
La mano de él se quedó a medio camino.
Cuando volvió a girarse, vio el destello de un arma afilada.
La joven sentía el sudor frío y una asfixia creciente en el pecho; empezó a marearse. Recordó su boda, su vestido blanco, su ilusión, su inocencia... Y le sobrevino una arcada por todos los recuerdos que venían después. Las mentiras, los golpes, el control... Diana se arrodilló ante el desconocido con las manos apretadas.
–No, no, no, por favor –suplicó–. Otra vez más no, por favor.
Pero él no se detuvo. Le tapó los ojos con una mano y con la otra, le clavó la flecha en el corazón.



Pintura de Adolphe Bouguereau (1880)


miércoles, 16 de julio de 2014

Un viaje eterno


Adelaida golpeó la puerta con los nudillos y tiró del pomo repetidamente.
–Te lo suplico, déjame salir. ¡Déjame salir!
Cogió carrerilla y se lanzó contra la puerta, pero sus diez años no eran lo suficientemente fuertes como para derribarla. Escuchó un gruñido y una maldición, y lloró con más ganas. Miró hacia la ventana y se precipitó contra el cristal. Sus mofletes mojados se aplastaron para ver marchar a una mujer encorvada y envuelta en una manta deshilachada.
–¡Mamá! –gritó.
Sorbió los mocos y trató de desbloquear el pestillo.
–¡Mamá!
Pero los pasos lentos de la señora no se detuvieron. Ni siquiera volvió la vista atrás. Adelaida no se separó de la ventana hasta que la sombra de su madre se perdió en la distancia. Entonces solo quedaron sus huellas vacías en la nieve y una niña encogida de dolor.
La puerta del dormitorio no la abrieron hasta el día después. Habían aprovechado el sueño de la pequeña para dejarle una bandeja de comida sobre la mesa, pero a la mañana siguiente la recogieron intacta.
Suzanne fue la primera en presentarse. Era una joven treintañera que no había encontrado oportunidad para casarse. Llevaba el pelo atrapado en un moño ahuecado y un vestido largo hasta los pies. Sonrió a Adelaida cuando ella dejó caer el cuello en su dirección. La niña continuaba encogida junto a la ventana, con la cara sucia y los ojos cansados.
–¿Te apetece jugar con el trineo? –propuso Suzanne.
Adelaida la ignoró.
–Te llevaré a la tienda para que conozcas a otras niñas.
La pequeña se levantó despacio y, sin preocuparse de su aspecto, esquivó a Suzanne y salió por la puerta de la habitación. Caminaba por inercia, con la mirada perdida y triste. ¿Qué más le daba dónde estaba? Su madre le había dicho algo de unas primas. Su madre...
Una señora de camisa de mangas anchas y falda oscura la sorprendió al final del pasillo.
–¡Adelaida! ¿Dónde has dejado a Suzy? Ni si quiera has desayunado y vas muy sucia. No puedes salir así a la calle. Ven, ven, te asearé un poco –resolvió Marie, la bonita Marie.
La niña se dejó hacer. Esperó con los brazos caídos a que su tía desconocida terminase de arreglarla. Le daba igual el lazo, el abrigo, las botas, los guantes.
–¿A dónde ha ido? –preguntó muy bajito.
Suzanne, que acababa de entrar por la puerta, le respondió.
–¿Para qué quieres saberlo, querida? Ella tenía que marcharse. Está bien, estará bien.
–¿Dónde?
–Ella...
–Un viaje –interrumpió Marie–. Ella estaba esperando para hacer un viaje.

- - -

Aunque aquel día me hice la loca, las entendí perfectamente. A la primera, al primer titubeo de Suzanne. No me revolví porque en el fondo hacía mucho tiempo que lo sabía. Lo sospeché cuando mamá me empezó a mencionar a la tía Suzanne y a la bonita de Marie. Cuando la oía llorar por las noches. Cuando la encontraba torcida sobre las letrinas y me gritaba que me fuera. Cuando me abrazó en el comedor de la casa de las tías, tan fuerte, con tanta ternura, inundada de amor. Mamá se tenía que marchar y no quería que yo la viera apagarse porque ella me necesitaba fuerte. Los inviernos en París eran muy duros. Y muy largos.


martes, 1 de julio de 2014

El Paraíso de Ana



Gavrila la debía estar esperando. Seguramente jugando con las nubes. Probablemente vestido con un rayo de sol. Con sus rizos rubios y su «Ven, ven, ven» de repique de campana. Seguro que la recibió con su elegancia infantil: con la ropa planchada y muy firme. Seguro que también se le escapaba la risa por los ojos. Seguro que pensaba “cuando te despistes, nos iremos a volar”.Seguro también que no dijo nada hasta que Ana lo pensó, hasta que se dio cuenta de que ella se había convertido en historia, en sueños, en amor. Como sus personajes.




Con admiración, a Ana María Matute.


domingo, 25 de mayo de 2014

Una mirada





Una mirada puede ser tan triste, tan miedosa, tan feliz, tan amada.

Ilustración: Blanca Rodríguez G-Guillamón

sábado, 3 de mayo de 2014

Mírame



Mírame, solo para saber que estoy viva.


Ilustración: Blanca Rodríguez G-Guillamón.
Técnica: Grafito, tinta y sanguina.


jueves, 24 de abril de 2014

¿Qué le pasa a Coca-Cola?


“Coca-Cola pierde la chispa”, leí el otro día en El País. Y la curiosidad por lo que me contarían después me hizo clicar la noticia. ¿Una receta nueva? ¿Un ingrediente que no funciona? Lo que no esperaba era saber que sus inversores están intranquilos, que los ingresos globales de la empresa han caído un 4%. La todo poderosa Coca-Cola; la misma que nos saca sonrisas e incluso aplausos con sus anuncios, la misma que nos hace pensar en una tarde de amigos y reencuentros. Coca-Cola está en la cuerda floja y el motivo no es la competencia, sino el cambio hacia hábitos más saludables.

¿Entonces es buena noticia? ¿Que la gran empresa roja y blanca caiga es buena señal? Pensando en los azúcares y en los kilos, he acabado recordando mis tardes de colegio. Me he acordado del juego del mate, en que esquivábamos la pelota-bala como si fuésemos espías agilísimos y permanecer en el campo fuera de vida o muerte. ¡Qué saltos y qué carreras! O el juego del elástico, que sostenían dos chicas con los tobillos mientras las demás deslizaban los suyos para formar una red y saltarla. O la comba, o el aro, o los números de tiza que recorríamos a la pata coja al tiempo que le dábamos puntapiés a una piedra para dejarla en el número mayor. Arriba, abajo, arriba, para el lado. No parábamos quietos.

Recuerdo que uno de mis trofeos fue una lata de Coca-Cola. Mi aficionado equipo de baloncesto ganó el primer y único partido de su historia y la entrenadora se sintió tan orgullosa que se atrevió a prometernos una lata del refresco -que, por cierto, nunca llegó.

La Coca-Cola era motivo de fiesta, de risas, de los mejores momentos, de nuestra victoria. Después de conocer que la multinacional no crece, sentí una especie de vacío de la infancia -si en algo se distinguen, es en esa gran personalización de su marca-. Pero luego lo pensé fríamente. Si hay que sacrificar a Coca-Cola o a la salud... Pues lo siento, querida mía, pero la salud es lo primero. Claro que sí, porque parece que nos hemos concienciado de la necesidad de cuidarla. Ahora hacemos más ejercicio -por supuesto-, los niños juegan aún más que antes y pasan la tarde en el parque -seguro-, sin intoxicaciones electrónicas ni pantallas -la duda ofende-. Comemos mejor, más fruta y más verdura, y hemos aparcado la comida rápida, los precocinados y los azúcares de más. 

No es tu culpa, Coca-Cola, y perdona mi ironía pero es que somos nosotros.


domingo, 6 de abril de 2014

Donde todo es dulce

Dos sonrisas manchadas de chocolatada y una nota sin firmar. “Donde todo es dulce”, leyó Catalina con emoción. Sacudió la hoja arrugada y dio vueltas sobre sí misma, creando una nube de volantes rojos.
–¿Qué decías de ese joven, Bárbara? Apuesto, agradable, educado... –canturreó la pequeña sin dejar de moverse.
–Devuélveme la nota y no digas nada a nadie. Madre no puede enterarse...
–Alto, rubio...
–Cállate.
Bárbara se lanzó sobre su hermana y le arrebató las palabras. Las risas se colaron por la ventana de la cocina y salió María con el delantal manchado de harina.
–La señora está descansando, vais a despertarla –las riñó, palmeando el aire.
Bárbara le tapó la boca a Catalina y se disculpó mientras la dirigía a la calle. Allí explotaron de nuevo en compases alegres. El sol de la tarde doraba el maizal, donde aún trabajaban jornaleros. Catalina parpadeó con coquetería y saltó a la tierra para esconderse entre los tallos.
–Y correréis a lomos de un caballo blanco, y volaréis sobre las plantaciones y los bosques...
Bárbara la abrazó para contener sus ensoñaciones.
–No está bien imaginar tanto. Es solo un buen conocido.
Catalina soltó una risita para provocarla.
–¿Solo un buen conocido?
–Sí... Sí, más o menos. Eso es. Un buen... Es un muchacho divertido.
–¡Estás enamorada!
–¡Calla! –gritó la mayor con los ojos espantados–. Madre dice que eso no está bien. ¿Has leído las novelas de la lista prohibida? Como se entere María...
–Es que no he podido contenerme, son tan románticas y tan bonitas. La última iba sobre...
Bárbara le tapó los labios.
–No sabes nada del amor y yo no quiero saber más que lo que madre cuenta.
–Ella no habla de caballos ni de palacios. Sus historias son aburridas. Os escuché el otro día, cuando hablábais en la salita. Madre no quiere que le veas a él, ¿verdad? –dijo Catalina señalando la nota arrugada que escondía su hermana en el puño.
–No es eso...
–Pero tú iras a verle, ¿no es cierto? Hoy, al atardecer, donde todo es dulce... ¿No suena romántico? Donde todo es dulce... Lo repetiría ciento de veces. Me endulza la lengua, como si comiese uno de esos pastelitos que hace María.
La joven suspiró con la sonrisa aún manchada y se escondió la hoja en el corpiño. Cogió la mano de Catalina y echó a correr entre el maíz maduro.
–Volveré antes de que oscurezca –dijo–. Solo será un paseo. Le saludaré y regresaré antes de que madre despierte.
Catalina se puso de puntillas para limpiar la comisura de los labios de su hermana y la animó.
–Te esperaré en la sala de juegos, donde siempre. Estaré atenta junto a la ventana. Luego quiero que me lo cuentes todo, todo, hasta el último detalle.

Pero Bárbara nunca regresó.



sábado, 22 de marzo de 2014

Monuments men: una película distinta


¿Habías visto la II Guerra Mundial con los ojos de los amantes del arte? Porque estamos acostumbrados a las películas bélicas, pero no tanto a las bélicas-con-amor-al-arte. “Monuments men” desvela una realidad desconocida, la otra cara de la guerra: imprescindible, intrínseca, nuestra historia, la historia del hombre inmortalizada en pinturas y esculturas.

Cuando vi el cartel del estreno, no pude evitar un suspiro: “Guerra otra vez”. Y qué lejos estaba de tener razón. “Monuments men” rompe los esquemas precisamente porque gira alrededor de un tema del que muchos no habíamos oído hablar. Guerra, sí, pero desde un grupo de hombres que tratan de recuperar las obras de arte de la ambición de Hitler. Y lo más interesante: que fue una historia real.

En 2011 se descubrieron alrededor de 1.500 cuadros de artistas del siglo XX: Picasso, Matisse, Paul Klee, Chagall, Emil Nolde o Kirchner, entre otros; en la vivienda del anciano Cornelius Gurlitt. Obras que adquieren un valor total de más de 1.000 millones de euros. La investigación posterior anunció que este material había sido robado por los nazis y escondido en esta casa de Múnich (Alemania) durante medio siglo. 


Gurlitt no es el único caso. La Asociación de Museos Holandeses presentó un informe en que se anunciaba que 136 de sus obras podían ser herencia del saqueo de los nazis. Otras pinturas secuestradas han ido saliendo a la luz a cuentagotas, la mayoría por motivo de subastas, como “Litzlberg en Attersee”, de Gustav Klimt.

Los monuments men existieron: George Stout, James Rorimer, Walter Hancock, Richard Balfour, Robert Posey y Lincoln Kirstein, fueron algunos de estos valientes hombres que aceptaron participar en la guerra para rescatar la historia del arte.

“Monuments men” asombra. Con un buen reparto y aunque un poco lenta, ha encontrado un tema poco explotado que hacen de ella, sobre todo, una película distinta a las que estamos acostumbrados.



miércoles, 19 de marzo de 2014

Ocho apellidos vascos: para reírse




¿Qué hace reír más que los tópicos? Porque ver una exageración de nuestras costumbres es tan divertido como las caras de Dani Rovira o la actuación de Karra Elejalde en “Ocho apellidos vascos”. Una comedia para desconectar, para reírse, para salir con una sonrisa del cine. Una película española muy distinta a las que le preceden. Un recuerdo de la francesa “Bienvenidos al Norte” (2008), de Dany Boon, y de la italiana “Bienvenidos al Sur” (2010), de Luca Miniero.
Emilio Martínez Lázaro se une a la tríada de los tópicos... y triunfa. En lo que lleva en taquilla, su película se ha convertido en la número uno. No han faltado los aplausos y las buenas recomendaciones, pero tampoco las críticas. El diario Gara ha protestado por el reparto, pues los actores que hacen de vascos no lo son, y han extrapolado el argumento para hacer una crítica ideológica.
Lo cierto es que quien quiere reírse, se ríe. Y con un plus los del sur y los del norte, que con sus más y sus menos, algo se identificarán con la película. En el acento, en la apariencia, en los chistes, en las relaciones sociales o en el clima. Desconectemos un rato, ¡y a divertirse!



sábado, 15 de marzo de 2014

300 euros de suerte

Solo. En una terraza de un bar cualquiera. Delante de un café humeante y un periódico prestado. Con la misma ropa de hacía dos días y el desencanto de hacía tres. Sin afeitar pero con la corbata aún en su sitio.
Rodrigo esquivó las miradas de los demás clientes. Sabía lo que pensaban por sus caras de asco y el círculo de mesas vacías que había a su alrededor. Con el corazón en la garganta, apuró el desayuno y salió del local. Durante algún rato caminó con la seguridad de los pasos firmes y la barbilla alta. Pero al doblar la esquina, se detuvo y rompió a llorar entre sus manos.
Rebuscó en los bolsillos y contó las monedas. Aún tendría para cuatro cafés. ¿Y luego? Observó unas botellas de cristal vacías y sintió vértigo. Guardó de nuevo el dinero y echó a andar.
Hacía tres días que frecuentaba el mismo banco. Un banco de piedra en una plaza sombreada y con poca gente. Sin palomas ni ruidos de coches. Tan solitaria que le sorprendió encontrar en los escalones de la fuente una cartera.
El hombre miró a su alrededor, pero seguía solo. 300 euros de suerte, además de dos tarjetas de crédito con el número secreto apuntado en el reverso. Rodrígo sostuvo la cartera con miedo, como si le quemase esa pequeña fortuna que podría devolverle un poco de dignidad. Con ese dinero podría comprarse ropa limpia y comida, además de cafés para dos meses.
Rodrigo se sentó de nuevo en su banco de piedra y leyó la documentación del desconocido. Allí pasó la mañana y la tarde, durmió también la noche y despertó al día siguiente. Solo, pero esta vez sin café humeante.
Observó a los transeútes con la cartera escondida en su chaqueta sucia de ejecutivo. No desayunó ni comió hasta que, sobre de las tres de la tarde, un joven angustiado se puso a dar vueltas a la fuente. 
Andoni Urízar, pamplonés de veinticinco años, soltero.
Rodrígo levantó el brazo para llamar su atención y se levantó con dificultad; tenía los músculos dormidos. El chico arqueó las cejas, pero no hizo una mueca de disgusto cuando estuvieron cerca. Dudó ante la mano abierta del desconocido, pero la estrechó.
El solitario le extendió la cartera y Andoni comprobó rápidamente que todo estuviera en su sitio. Suspiró y la sonrisa final fue el broche de Rodrígo. Se miraron en silencio unos segundos.
‒¿Me dejará que le invite a un café? ‒preguntó el más joven.
Rodrígo se miró la muñeca vacía.
‒¿No vas mal de tiempo?
El muchacho se rió.
‒Igual se lo hago perder a usted. Tendrá familia.
El hombre no respondió, pero hizo un gesto para que continuasen.
‒Tengo un rato para un café.


sábado, 8 de marzo de 2014