¿Te atreves a soñar?

lunes, 21 de marzo de 2016

Juana y yo


Han sido seis meses conviviendo con ella. Juana y yo. Blanca y yo. Y ahora nos toca despedirnos. Ha llegado el momento de abandonar la piel contraria, aunque aún me resista. Por eso, el guion continúa sobre la mesa de la entrada. “Adiós, Juana”, le digo cada vez que salgo de casa. Como si dormitara en aquellas páginas subrayadas. “Adiós, Juana”.

Me resulta difícil despedirme de ella porque de su mano he descubierto un mundo. Un mundo que siempre había admirado desde la butaca, con el que a veces soñaba en bajito y que me despertaba tanta curiosidad. Juana me ha llevado al otro lado: a los espejos enmarcados por luces, a la oscuridad del backstage, al calor del escenario. Juana me ha enseñado, incluso, a mirar con las manos.

Ignacio, Carlos y Juana, Elisa y Miguelín, Doña Pepita y Don Pablo, Esperanza, Lolita, Alberto, Andrés y Francisco. Estaban tan vivos que me los creí. En la última representación, poco antes de que se apagasen las luces y Carlos hincase la rodilla en el suelo, sentí la angustia de un colegio desmoralizado, las ilusiones pisoteadas, los amores magullados, la inseguridad. Estábamos dentro, pero eran ellos, esos personajes con los que habíamos compartido tantos ensayos, quienes nos decían adiós.

Y arriba, Edurne y Silvia, la directora y subdirectora de nuestra ‘Ardiente oscuridad’, las que nos reunieron, las que crearon este elenco de amigos y esta obra que ha sido nuestro hogar. Increíbles, como Miquel, David, Alba, Fernando, Amaia, Jorge, Leire, Ana, Oriol, Narciso y Álvaro. 

Cuando intimé con Juana, me confesó un secreto. Ella ha sido mi primer personaje, mi primera guía en este mundo del teatro. Y por eso, me hizo tanta ilusión cuando descubrí que mi última palabra, la que me sacaba de escena, era de agradecimiento. “Gracias”, susurra. Y gracias son las que quiero darle a este equipo y a Bea, que me llevó hasta el teatro. “Adiós, Juana”… y gracias.

jueves, 3 de marzo de 2016

Jaque mate al sueño de las mañanas

Mi hermana se cayó de la cama a las siete de la mañana. Un peso pesado sobre la alfombra. Pensé que el golpe sería suficiente para despertarla, pero se encogió y siguió durmiendo. Entonces abrí las persianas, pero el cielo oscuro no ayudó. Volví a cerrarlas.

Hay un mal muy terrible que combatimos cuando somos más frágiles: el sueño. El despertador se inquieta, lo apaga la mano invisible, el subconsciente nos asegura que “un poquito más” solo serán cinco minutos… Cómo nos engañamos. Ni el mejor mago es tan poderoso.

Así que la dejé en la alfombra. La batalla no la libraba yo. Dos días después, sin embargo, apenas abrí los ojos, ella saltó de la cama. El susto me desveló. Eran las siete, como todos nuestros despertares, pero tardó menos de cinco minutos en vestirse. No pude articular palabra mientras iba y venía por la habitación. Los zapatos, el abrigo, el bolso, los guantes. Para cuando quise reaccionar, se había marchado.

Al día siguiente saltó con el mismo ímpetu y pensé que aquella especie de esquizofrenia de la mañana se mantendría. Pero no, en la semana que vino después regresó la zombi de la alfombra. Estaba asombrada, así que decidí preguntarle. No supo responderme.

—No lo sé. Será que hoy he descansado mejor.

¿Descansar mejor? ¿Solo descansar mejor? Había dormido las mismas horas, había cenado platos parecidos… La observé de cerca. ¿Estaría ocultándome un nuevo amor? No, nada de eso. Más tarde descubrí que su victoria rotunda al sueño respondía al nombre de “motivo”. Mi hermana tenía un motivo, un incentivo, un acontecimiento que hacía que recibiese al día con ilusión.

Un motivo, anoté. Que podía ser una cita, una tarde de compras, una buena noticia… Me metí a la cama inquieta. Tenía la fórmula secreta. La pereza, Carol y yo nos veríamos las caras al amanecer. Reté a la alfombra con la mirada y me esforcé en buscar un motivo. ¿Qué pasará mañana? ¿Qué puede pasar? Un motivo… Un motivo… Vamos, un motivo. No logré conciliar el sueño antes de que sonase el despertador.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Tus ojos se ríen

Tienes los ojos muy bonitos. Imagino que te lo habrán dicho. A veces parecen dormidos, hasta que se les cruza la risa. Entonces son como un haz de luz rompiendo el agua: tan fuerte, tal misterio.

En ese instante pienso que no podrá vencerles la muerte. Pero si no hubiese muerte, tampoco estarían tus ojos. Y yo quiero esos ojos que ríen, que sueñan, que bailan, que envuelven.